Homilía en el Domingo de Pascua de Resurrección

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

¡Feliz Pascua de Resurrección a todos!

No me gusta hablar mucho de mí. Pero hoy empezaré a hablar mal de mí, para terminar hablando bien de Jesús.

Esta ha sido, puedo decir, la Semana Santa más tranquila y fácil que he tenido en mi vida. El año pasado estaba celebrando cada día del Triduo en tres comunidades hispanas distintas. Corría de un lado para otro y con tanto ajetreo y algarabía se me iba rápida e intensa la Semana.

En Cuba me sucedía lo mismo, era párroco de tres comunidades distintas, y por tanto, tenía que hacer tres celebraciones de ramos, tres Cenas del Señor, Tres Viacrucis y Oficios de la Pasión, dos Vigilias Pascuales y Tres Domingos de Resurrección. El ritmo era intenso, terminaba uno terriblemente cansado, pero Cristo brillaba y uno quedaba feliz.

Recuerdo en el 2014, cuando mi Congregación me envió a Guatemala, me tocó una misión en una zona muy violenta. Cada noche se escuchaban al menos uno o dos disparos de revolver. Mientras celebrábamos la Vigilia Pascual en una pequeña aldea de Escuintla (los que conocen Guatemala sabrán de qué hablo), un disparo, de aquellos que solían oírse, le quitó la vida a un joven que tenía mi misma edad (27 años en ese entonces) justo en la esquina de la Capilla donde estábamos celebrando la Vigilia.

Nunca tuve tan cerca los misterios de la Vida y de la Muerte. Cuando se llevaban el cuerpo de aquel joven, me preguntaba y me cuestionaba interiormente, qué respuesta podía dar a la familia que le lloraba. Aquella noche de Pascua, Cristo Resucitado me enseñó que cualquiera que fuera la respuesta, el miedo al misterio de la muerte nunca podía ser la palabra final.

Este año ha sido diferente, sin el ajetreo de los años anteriores. Ha habido menos trabajo, pero a la vez más tiempo para meditar en el sentido profundo del misterio pascual que celebramos en estos días. Y ayer, mientras cantábamos los cantos de la Vigilia, recordé aquella Vigilia en la Misión de Guatemala y la muerte de aquel joven, del que pude saber solo su edad; y quise agregar esta anécdota a la homilía.

Lo cierto es que yo pude haber sido aquel joven.

Lo cierto es que la frontera entre la muerte y la vida es muy fina.

Lo cierto es que si hoy tenemos esperanza ante este misterio y contemplamos el mañana con optimismo, es gracias a otro joven, que hace dos mil años no solo se dejó tragar por este misterio tan oscuro, sino que finalmente le venció y quiso compartir con nosotros su victoria.

El Viernes Santo le contemplábamos derrotado. Muchos con lágrimas en los ojos le acompañamos una vez más, un año más, en el camino de la Cruz. Estación tras estación veíamos cómo el Redentor Inocente era entregado sin piedad a las manos que le torturaban, a la traición de sus amigos, al desprecio de su propio pueblo, al abandono del corazón humano tantas veces ruin y cobarde. Al final le contemplamos también desfigurado y abrazado a una Cruz que nunca quiso soltar por amor a nosotros. Y cuando digo “nosotros” me refiero a esta humanidad tan dura de corazón y tan reseca de misericordia.

Le pensamos perdido y abandonado, derrotado y muerto. Aquel que había entregado todo cuanto era por nosotros, terminó ahogando sus últimas palabras en el mar de nuestros odios y rencores, en el barullo de nuestro orgullo y dureza inmisericorde.

Pero para sorpresa y salvación nuestra, para asombro del cosmos y para mostrar al universo la Gloria inmortal de Dios y la obra de nuestra redención, Cristo se levantó de entre los muertos como un Sol Invencible, Incontenible, Insondable.

Aquel que creíamos abandonado y castigado ahora se levanta y nos ilumina con todo su esplendor. El mismo demonio nunca esperó esta revancha victoriosa de la Vida. Hay fiesta y júbilo en toda la Creación, pues el vacío, el sinsentido y el caos de la oscuridad ya no tienen la última palabra.

Ahora es Cristo Vivo, gloria de Dios Padre, alegría de los ángeles y fortaleza de los creyentes. Su resurrección es nuestro Aleluya y nuestra canción. Mientras que por otro lado, este mismo Cristo Vivo se convierte en turbación y confusión para los que quieren seguir en las sombras, con sus vicios y pecados, para los que quieren seguir en la desesperanza, para los que ya nada les mueve la conciencia. Nuestra oración permanece por todos aquellos que prefieren vivir sin vida lejos de Dios.

Pero para la Iglesia toda, para nosotros, hermanos, ¡hoy es un día de fiesta! Y digo más, hoy es el día por excelencia de la Fiesta, hoy es el día de la Victoria de Dios, Hoy es la Pascua jubilosa del Cordero, hoy es el día de la Nueva Creación.

Nuestro Salvador ha vencido la muerte, ha derrotado el mal en su raíz, ha pagado la deuda del pecado de toda la humanidad. Sí mis hermanos, Cristo ha saldado nuestras deudas con su muerte y resurrección.

Es por ello que hoy le contemplo a los ojos, y en su Rostro luminoso contemplo el perdón de mis pecados y el rescate de mi vida antigua. Hoy cuando miro a los ojos de Cristo, contemplo esa parte de mi historia en la que no lo tuve ni lo reconocía como Salvador. Y ahí mismo contemplo su infinita misericordia, porque me ha llamado y me ha elegido, porque me ha hecho parte del proyecto de su reino y su misión.

Esta oferta de redención se nos renueva cada día. Todos los que hoy estamos acá alrededor de este altar, en frente de Cristo resucitado tenemos las puertas abiertas al corazón del Padre.

Cristo Jesús, al asumir nuestra humanidad, no sólo nos invita a participar en el amor Divino, sino que ya ha introducido nuestra naturaleza, redimida y glorificada en el seno íntimo de la Vida de la Trinidad. Ahora ya nadie tiene la excusa de decir que no puede participar en la Vida de Dios, o que sus pecados son tan grandes que no podría acercarse a un Dios tan Alto.

No hay excusas. Dios se hizo pequeño y potable a todos nosotros, Dios se ha hecho accesible y palpable por medio de la Encarnación de su Hijo. Ahora con su resurrección nos he hechos capaces de unirnos completa y definitivamente a su esencia.

No estoy diciendo una herejía mis hermanos. Dios se ha hecho hombre para que el hombre llegue a Dios. Y este hombre con sed de Dios somos tu y yo. Este Adan caído y rescatado somos tu y yo si aceptamos su invitación.

Hoy que Cristo ha resucitado, renovaré una vez más mi amor por el Dios uno y trino.

Al Padre por elegirme y amarme desde toda la eternidad.

Al Hijo por redimirme y ponerme en su propio camino, sin yo merecerlo.

Al Espíritu Santo, por llenarme siempre de vida, y derramar sobre mí las gracias sin las que yo no sería el mismo.

Hoy renovaré mi bautismo, y mi compromiso cristiano.

Hoy renovaré mi amor de hermano, de hijo, de padre, de esposo, de católico practicante.

Hoy miraré con cariño a mis seres queridos y familiares y daré gracias por la vida y energía que hallo en ellos.

Hoy renovaré mi lealtad a mis amigos.

Hoy perdonaré a mis enemigos, si los tengo, y a aquellos que me han ofendido.

Hoy seguiré al corazón de Jesús y escucharé el clamor del enfermo o del pobre.

Hoy abrazaré con misericordia al que sufre discriminación o al que no tiene empleo ni techo o sufre la soledad.

Hoy quizás también correré al sepulcro vacío de mi vida, y me dejaré tocar por la luz del Resucitado, y contemplaré los signos de los lienzos y sudarios echados a un lado.

Y le adoraré y creeré en la vida que me regala.

Le adoraré con la firmeza de la Magdalena y le creeré con la certeza de San Juan.

Y así podré escuchar también yo un día, que lo que el Maestro me ha dicho y me sigue diciendo, se cumplirá. Amén.

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