La Libertad del Amor

Una reflexión sobre la libertad que produce la vivencia del verdadero amor

Por Rubén de la Trinidad, CM.*

Por amor el Espíritu Santo conserva toda la creación, mueve el universo a su fin feliz, custodia la Iglesia y empapa con su consuelo el alma de los creyentes.

“Omnia vincit amor” (todo lo vence el amor), afirma Virgilio, “et nos cedamus amori”  (cedamos también nosotros al amor). No sin razón la mayoría de las culturas ven en este sentimiento universal el más sublime de todos. El más puro y supremo de los sentimientos, que en la fe cristiana ha sido identificado con la mismísima esencia de Dios[1], debería ser objeto de nuestra atención al menos por un momento. Comencemos por distinguir un poco qué es el amor.

La Santa Biblia coloca el amor como corona de las demás virtudes y carismas humanos y llega a decir: “Es fuerte como la muerte el amor, es implacable como el Seol la pasión. Son sus saetas como de fuego, llamarada de Yahvé. No pueden los torrentes apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera su patrimonio a cambio del amor, solo hallaría el desprecio.” (Cantares 8, 6-7).

Dice la Biblia sobre el amor de los esposos: «Es fuerte como la muerte el amor, es implacable como el Seol la pasión. Son sus saetas como de fuego, llamarada de Yahvé. No pueden los torrentes apagar el amor, ni los ríos anegarlo.« (Cantares 8,6)

El mejor lugar para releer el pasaje paulino más excelente dedicado al amor sería ante una imagen de Jesús Crucificado[2]. Abre tu Biblia en el capítulo 13 de la 1ª Carta de san Pablo a los Corintios (1 Cor 13)[3] y lee sin prisas este texto maravilloso. Sumérgete en él, déjate impregnar por su luz. Un eco siempre queda en mí de este pasaje, “el amor nunca acaba”.[4]

Deberíamos aprender a tener al amor como un buen aliado en nuestra vida. Deberíamos pegarnos a él como al mejor de los maestros. Dijo san Agustín “ama y haz lo que quieras”, y ha habido muchos, sin embargo, que en nombre del amor han abusado de él libertinamente para terminar negándolo en sus obras.

¿Qué es pues el amor? Es la virtud por excelencia del Cristianismo. El amor es la fuente de nuestro “descanso sereno”, pues el descanso (o abandono en las manos del Providente) solo se da cuando hay confianza y el amor es precisamente la base natural de la confianza.[5] Podemos resumir el proyecto de felicidad que Dios quiere para la humanidad (su Reino) en una sola palabra: AMOR. Y esto es sencillamente -y lo repito- porque el amor es la esencia de Dios.

Imaginemos, aunque sea un  atrevimiento de la imaginación, la vida íntima de nuestro Dios, la Trinidad Santísima. Toda ella es como una serena danza de íntima relación y donación recíproca. Cada una de las Tres Divinas Personas “comunica” a la otra todo lo que es ella en sí misma sin disolverse, vaciarse o atenuar su intensidad. Esta comunicación en el interior de Dios no admite nada más que amor, y como en Dios no hay mezclas ni compuestos, entonces esta relación íntima en la Divinidad viene a ser la comunión de su propia esencia. Así es, no es una frase meramente romántica el decir que Dios es amor.

Si el amor es el idioma de la Trinidad, cómo no aprenderlo y comenzar a “hablarlo” ya. Si echamos un vistazo sincero a nuestras relaciones interpersonales caeremos en la cuenta de que muchos de nuestros problemas han sido causados precisamente por no “hablar” bien el idioma del amor. Existen tres palabras para nombrar lo que se entiende por amor: “eros”, “philia” y “ágape”. Estos tres conceptos son como niveles o aspectos de una misma realidad.

El “eros” es el amor propiamente natural, enraizado en la naturaleza del hombre. Está anclado al nivel más sensible y responde a nuestro sustrato biológico y fisiológico. Es por ello que el “eros” es muy sensual (se sirve de los sentidos) y si no está bien orientado por la razón y las virtudes, puede quedarse en el nivel de lo irracional. El “eros” intenta lanzarnos al éxtasis y se deja afectar fácilmente por las pasiones. Ya que tiende a una gratificación propia, el “eros”, aunque tenga su origen en la bondad del Creador, ha sido herido junto con toda la realidad humana por la concupiscencia.[6] Puede elevarse a “ágape” mediante un camino de purificación, no ya buscando su propia satisfacción de manera egoísta, sino exaltándose en un acto de libre donación.

Cuando hablamos de “philia” entendemos el amor de la amistad. Por ejemplo, cuando en el Evangelio se habla de la amistad entre Jesús y sus discípulos.

Finalmente tenemos el “ágape”, el más perfecto de los amores. Es el propio de Dios, que se vuelca y entrega buscando la felicidad y “plenificación” de todas sus criaturas. Encuentra su realización en la constante donación de sí mismo para satisfacción del otro.

El “ágape” también tiene éxtasis, no en el mismo sentido que el “eros”, sino en su potencialidad de salir de sí, de romper el frío enclaustramiento del “ego” que se mira al ombligo, para saltar a un éxodo jubiloso.

El amor es amigo de la eternidad, de lo definitivo, es por ello que el verdadero amor no muere como cualquier otro sentimiento. Es un arroyo que nunca se seca porque tiene su fuente perenne en Dios. El verdadero “ágape” es un pedazo del cielo que se esconde en el corazón de cada uno de nosotros.

El verdadero “ágape” es un pedazo del cielo que se esconde en el corazón de cada uno de nosotrosTu vida puede empezar a llenarse de toda bendición inmediatamente si usas esa virtud-fuerza escondida en el cofre de tu corazón.

Este amor ha sido el móvil de las obras divinas: Por amor Dios nos creó, para manifestar en nosotros la felicidad que habita naturalmente en Sí mismo. Por amor vino Jesús a salvarnos de toda la iniquidad y finalmente hacernos partícipes de su divinidad. Por amor el Espíritu Santo conserva toda la creación, mueve el universo a su fin feliz, custodia la Iglesia y empapa con su consuelo el alma de los creyentes. Como diría san Pablo, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Romanos 5, 5).

 ¿Qué nos queda por hacer con este amor que se nos da libremente y está al alcance de nuestra voluntad? ¿Qué podemos hacer con la más grande de las fuerzas que mueven el universo? –“Et nos cedamus amori”, cedamos nosotros a él.

Tu vida puede empezar a llenarse de toda bendición inmediatamente si usas esa virtud-fuerza escondida en el cofre de tu corazón. El amor puede cambiar un paisaje lúgubre por un colorido banquete; amando podrás cambiar tu vieja taza de vinagre con hiel por un fresco manantial de “leche y miel”. ¿Por qué esperar más? De hecho los mandamientos en esto se resumen: en amar.[7] Beneficiarse del poder sanador del amor implica una ejercitación de esta virtud teologal[8]. El amor contiene una energía reconciliadora que logra integrar tu vida totalmente:

Este amor ha sido el móvil de las obras divinas: Por amor Dios nos creó, para manifestar en nosotros la felicidad que habita naturalmente en Sí mismo. Por amor vino Jesús a salvarnos de toda la iniquidad y finalmente hacernos partícipes de su divinidad.

Con Dios. Si siempre amas te reconciliarás primero con Dios. Así destruirás toda obstrucción a la libertad espiritual que necesitas. El Espíritu fluirá en ti dinámicamente reconfigurando la imagen de tu verdadero “yo”. Esta es la base de la “regeneración” pues reconciliarse con Dios es hallarle como PADRE.

Contigo mismo. La autoconsciencia de ser configurado con la imagen de Cristo[9], esto es, de ser hijo en el Hijo, necesariamente te llevará a un amor propio no egoísta, pero imprescindible. Quien no sepa amarse a sí mismo nunca podrá amar a nadie.

Con los otros. El dinamismo del amor nunca se estanca en la soledad del ego, sino que se expande, se difunde. Mientras más profunda sea la experiencia del amor, más intenso será su estallido hacia el prójimo. Que el círculo de tu reconciliación con los hombres nunca sea cerco que delimite, sino abrazo incluyente.

Con el universo. Finalmente todo el “cosmos” con su historia y sucesos, tu contexto de vida, tu historia personal, la naturaleza y la vida, aunque estén laceradas también por la huella del mal y el desorden, esperan por una mirada de misericordia (Romanos 8, 22). Tu ejemplo está en tu Dios, que amando a todos sin discriminación se entregó igualmente por todos para su salvación (Juan 3, 16-17). El amor es el principio más cierto de la Libertad, comienza desde ya a construir tu liberación.


NOTAS Y REFERENCIAS:

* Caballero Maestro, OMSST.

[1] “Dios es amor” (1 Juan 4, 8).

[2] Juan 15, 13

[3] En muchas traducciones en vez de transcribir la palabra “amor” vierten “caridad”. Significan lo mismo.

[4] Vers. 8.

[5] El creyente que ama verdaderamente a Dios no puede dejar de confiar en Él. Este “confiar” provoca un relajamiento sereno y saludable (abandono) frente a Su perfecta Providencia.

[6] La mala inclinación del hombre causada por el “pecado original”, la primera desobediencia del género humano a la voluntad del Buen Dios.

[7] Cf. Mateo 22, 34-40; Juan 13, 34-35.

[8] Hay tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y el amor (1 Corintios 13, 13).

[9] Cf. Efesios 1, 4-14; Colosenses 1, 20.

Las imágenes han sido tomadas de Cathopic.

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