Milicia: una lectura para nuestro tiempo

Por Óscar J. Úbeda U.*

El mundo entero se impacta por el poder de la palabra. Las ultimas guerras mundiales han dejado en el alma de los cristianos una secuela de dolor; no son ajenas para Latinoamérica las guerras de independencia o las llamadas guerras revolucionarias que han dejado a su paso muerte, dolor, tristeza, heridas no sanadas. Por eso, hoy día hablar de Milicia impacta todas las dimensiones de la persona.

Estatua de San Pablo, San Pablo extramuros, Roma.

Antecedentes

El mundo ha ganado territorios y los ha perdido a punta de espada. No son ajenas tampoco las inquisiciones en ambos lados de nuestra historia pasada: la española y la protestante. Nos hemos criado teniendo en nuestra memoria las historias de nuestros padres del tiempo de la Guerra. La Iglesia fundó órdenes militares para “defender la fe”, y a su vez esas órdenes fundaron lo que hoy conocemos como hospitales, orfanatos, hospederías y demás medios de asistencia social. Grandes santos de la historia eclesiástica empuñaron la espada, pero una cosa hay que dejar claro: eran otros tiempos.

La II Guerra mundial dejó dolor en el ser humano. Pero también nos dejó hombres y mujeres que supieron dar la vida levantando solo una espada: la Palabra Encarnada. No nos son ajenos nombres como Edith Stein[1] o Maximiliano María Kolbe[2], grandes por su fe, grandes por su caridad vivida al extremo, grandes por su valentía y total donación.

Edith Stein o Santa Teresa Benedicta de la Cruz, filósofa y mártir carmelitana.

El término “Milicia” para hoy

El término “milicia” hoy día debemos asimilarlo desde otra concepción, una que responda a nuestros contextos. La teología nos dice que somos la “Iglesia militante”, frente a los que nos han precedido en la pascua definitiva, la “Iglesia purgante” (almas del purgatorio) y la “Iglesia triunfante”, que goza del rostro del Padre en la Patria bienaventurada.

Pero, sin entrar en disquisiciones eclesiológicas o escatológicas, dejemos que sea el papa San Pablo VI, en su radiomensaje con motivo del Domund de 1963, quien nos hable del carácter militante de la Iglesia:

San Pablo VI, Papa.

El Señor reserva a unos predilectos la gracia de una vocación particular para enviarlos por los caminos más difíciles e impracticables del mundo y con su auxiliadora asistencia les hace capaces de afrontar las empresas más arduas. Pero detrás de estos escuadrones desplazados en la vanguardia de la Iglesia deben estrecharse en compacta milicia todos aquellos que han recibido de Dios el don privilegiado de la fe. La tarea de esta ordenada milicia consiste, ante todo, en suplicar al Dueño de la mies que se digne enviar cada vez más numerosos y fervientes operarios a trabajar en su campo. Y también, en ofrecer a los escogidos operarios evangélicos la ayuda necesaria, que les consienta entregarse con tranquilidad y presteza a su difícil labor. Nos mismo hemos tenido la suerte de observar personalmente cuántas son sus necesidades, con qué gratitud acogen ellos y cómo hacen fructificar las ayudas que reciben[3]

Y es así, precisamente, como queremos entender hoy día la milicia cristiana. Hombres y mujeres capaces de hacer fructificar los dones recibidos para el bien de los demás. Personas con limitantes, pero también con capacidades humanas, dispuestas a desgastarse como la cera de una vela que se consume por la llama del Evangelio.

El concepto de milicia cristiana en la actualidad debe ser retomado, pero en el único sentido admisible, con la sabiduría que solo procede del Espíritu Paráclito. La Pascua nos hace entrar en esa dimensión militante. La Eucaristía nos pone de pie para escuchar la Palabra, gestos propios de una milicia que está a la espera de ser llamada para salir al combate, pero no un combate cruento, sino espiritual. La milicia cristiana más que nunca debe poner sus ojos en los Santos que nos han precedido y en San Miguel que es capaz de tirar a lo más profundo del abismo al enemigo de nuestra fe; enemigo que se manifiesta de tantas formas: egoísmo, lujuria o la avaricia que corroe al mundo, el poder deshumanizado, el placer de hacer a los otros esclavos, la ira que nos lleva a faltar a la humildad.

San Maximiliano María Kolbe, Fundador de la Milicia de la Inmaculada, murió entregándose en rescate por un padre de familia en un campo de concentración nazi.

A los miembros del Apostolado de la Oración de la Iglesia de la Compañía de Jesús de Bilbao, Su Santidad Pío XII les decía:

Si mucho más que en esta Casa Nuestra, en Nuestro corazón de Padre, que, como el del Apóstol (cf. 2 Cor 6,11), querríamos continuamente dilatar, realmente sentimos que hay puesto para todos Nuestros hijos, ¿cuánto lo habrá, amadísimos miembros del Apostolado de la Oración de la Iglesia de la Compañía de Jesús de Bilbao, para quienes a la fuerza tienen que ser hijos predilectos por ser soldados de una milicia de predilección, porción escogida de esta Iglesia orante, que incesantemente ofrece al Padre sus plegarias y sus sacrificios en unión con el Corazón Sacratísimo de Jesús para reparar tantas injurias y tantas ofensas, como constantemente recibe; para compensar, sobre todo, tanto desamor hacia Aquel, que tiene derecho a ser reconocido como «Rex et centrum omnium cordium»?[4].

El papa Pío XII nos invita a asumir la postura del que sale, a pesar del sacrificio, a ofrecer plegarias y sacrificios para reparar el daño que la sociedad causa al Corazón de Jesús; dolor experimentado en el “pecado estructural” ya denunciado por el Episcopado Latinoamericano, dolor que no deja a los hijos de Dios ser plenamente humanos, plenamente felices. Nos corresponde a nosotros, Caballeros y Damas Trinitarios tomar las armas de la fe y de la caridad para ser profetas en medio del mundo. El óleo de los catecúmenos, recibido en nuestro Bautismo, nos ha dado la fuerza necesaria, y el santo crisma nos ha ungido como sacerdotes, profetas y reyes en una sociedad que a veces se manifiesta tan decadente.

Papa Pío XII, en medio del pueblo.

Pertenecer a esta Hermandad implica tener claro que hemos sido escogidos, para vivir a cabalidad en nuestra vida cotidiana, el combate espiritual. Ya decía San Pablo a los Efesios lo siguiente:

Por lo demás, fortaleceos en el Señor y en la fuerza poderosa. Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las asechanzas del diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra las dominaciones de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en el aire. Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día funesto y manteneros firmes después de haber vencido todo. Poneos en pie, ceñida vuestra cintura con la verdad y revestidos de la justicia como coraza, calzados los pies con el celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del maligno. Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos, y también por mí, para que me sea dada la palabra al abrir mi boca para dar a conocer con valentía el misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas, y pueda hablar de él valientemente como conviene.[5]

La lucha contra el mal no es una novedad en nuestra vida, el Antiguo Testamento nos deja constancia de cómo el pueblo hebreo luchaba constantemente y cómo Dios iba al frente de la batalla. San Pablo nos invita a “ponernos de pie”, una actitud de disposición. Andamos de pie, con los ojos abiertos para llevar, con el silencio de nuestra vida y con el grito de nuestros hechos, la Buena Noticia de que Cristo Jesús vive y que él, solo él, es quien debe ser adorado.

Hemos de estar preparados y eso ya nos pone en constante espera como las vírgenes prudentes. San Pablo nos exhorto a acorazarnos con la verdad, revestirnos de justicia, calzarnos con el celo por el Evangelio, con el escudo de la fe para saber responder y apagar los encendidos dardos que el dragón infernal nos lanza constantemente.

Mantener viva la mística, la unión con Dios. La oración “es el aliento de la fe, es su expresión más adecuada. Como un grito que sale del corazón de los que creen y se confían a Dios”[6] y nos permite mantener nuestra adhesión a la fe y a la vida cristiana, es decir, que nos ayuda la oración a vivir “al servicio de la Iglesia y de la causa de Cristo”[7] y desde aquí proyectarnos en una milicia ecuménica, que camina de la mano con aquellos hombres y mujeres que se consagran a la Trinidad Santísima y hallan en ella el sumo bien. En la oración ecuménica vemos “un testimonio de la dimensión religiosa y del deseo de Dios inscrito en el corazón de todo hombre”[8], aquí se entronca la dimensión ecuménica de la milicia cristiana, en saber que en la pluralidad los corazones se dirigen a Dios y Dios escucha la oración con la fuerza de la Palabra, con la fuerza del gesto, con la dinámica de la vida.

La Hermandad de Caballeros y Damas de la Santísima Trinidad está llamada a tomar como escudo no sólo lo que ya nos decía San Pablo en la Carta a los Efesios, sino que también a revestirse con la coraza de la Caridad, la Verdad y la Mística.

Que el Príncipe de la Milicia Celestial nos acompañe y que San Jorge Megalomártir nos ayude a defendernos del dragón que acecha en el camino de la fe.


NOTAS Y REFERENCIAS:

* Caballero Prior titular para Centroamérica, OMSST.

[1] Santa Teresa Benedicta de la Cruz.

[2] Fundador de la Milicia de la Inmaculada.

[3] Pablo VI. (19 de octubre de 1963). Radiomensaje de Su Santidad Pablo VI con motivo del DOMUN. Jornada Mundial de las Misiones. Roma, Roma: Libreria Editrice Vaticana. Obtenido de http://w2.vatican.va/content/paul-vi/es/messages/missions/documents/hf_p-vi_mes_19631019_world-day-for-missions-1963.html

[4] Pío XII. (15 de mayo de 1956). Discurso del Santo Padre Pío XII a un grupo de peregrinos de Bilbao. Discursos, 1956. Roma: Libreria Editrice Vaticana. Obtenido de http://w2.vatican.va/content/pius-xii/es/speeches/1956/documents/hf_p-xii_spe_19560515_bilbao.html

[5]  Efesios 6, 10-20.

[6]  Papa Francisco. (06 de mayo de 2020). Catequesis: 1. El misterio de la oración. Audiencia General. Roma: Libreria Editrice Vaticana. Obtenido de http://w2.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2020/documents/papa-francesco_20200506_udienza-generale.html

[7]  San Pablo VI. (30 de mayo de 1964). Alocusión del Santo Padre Pablo VI a la Orden del Santo Sepulcro. Discursos. Roma: Libreria Editrice Vaticana. Obtenido de http://w2.vatican.va/content/paul-vi/es/speeches/1964/documents/hf_p-vi_spe_19640530_cavalieri-santo-sepolcro.html

[8]  Benedicto XVI. (4 de mayo de 2011). El hombre en oración. Audiencia General. Roma: Libreria Editrice Vaticana. Obtenido de http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2011/documents/hf_ben-xvi_aud_20110504.html

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