Homilía del Padre Rubén de la Trinidad en la Fiesta de Ntra Señora la Virgen de la Caridad del Cobre

Fieles portan la Imagen de la Virgen de la Caridad en procesión en la Ermita de Miami, FL.

¿Qué podría decir acerca de la Madre, cuando tantos sentimientos se agolpan en el corazón, cuando tantos sabores y sinsabores, ilusiones y desilusiones se mezclan, a veces tan incómodamente en nuestro pecho, anhelante de una Patria sin la sombra del comunismo y definitivamente libre?

Es imposible contemplar la imagen de la Madre de Cristo que el Cielo ha querido ligar a los cubanos y a su historia, y quedar quietos en tiempos como estos.

Ciertamente, esta homilía hubiera sido otra sin los acontecimientos del pasado 11 de julio. Ante la cruda realidad de nuestro pueblo, que clama por una Patria donde la Libertad y la Vida sean respetadas en todo el sentido de la Palabra; María se presenta una vez más, como signo seguro donde alimentar la esperanza, afianzar la fe e inflamar la caridad.

Una vez más, como ya lo había hecho en la manigua, cuando era cargada por los mambises, “Cachita” se deja abrazar por el pueblo que aún sufre al ver a su Isla afeada por tantas miserias y opresión; el mismo pueblo que se arma de brazos y corazón para arrancarle de una vez a la historia la gloria de ver a su bella Cuba sonriente y engalanada de libertad.  

La permanente compañía de la Caridad del Cobre, en medio de nosotros, sigue llenando de sentido esta larga espera. Ella se deja contemplar en nuestro horizonte como revestida de las tres virtudes teologales: Marías es hija de la Esperanza, mujer de Fe y madre de la Caridad.

María, hija de la Esperanza

Y digo “hija de la Esperanza” porque María es heredera de todos los deseos de redención y liberación que se respiraban en su tierra desde hacía décadas. En ella confluyen, como en un océano, las esperanzas y los anhelos, las ansiedades y los bríos de tantos hebreos de su tiempo.

María es presentada por el Evangelista como una de las pobres (anawin) de Yahveh. Ella encarna la identidad de este “resto fiel” que no tenía fortaleza ni confianza más grande que la que ponía en solo Dios. María ha bebido desde su infancia del manantial de los Profetas; murmura en su interior tantísimos salmos que alimentan su oración con la melodía que brota de la esperanza cierta, de la Promesa cuyo garante es el Pastor de Israel.

Conocedora de las tradiciones y la historia de su pueblo, su propia historia, María contempla confiada el porvenir. Y aquella esperanza afirmada a golpe de silencios y, muy a menudo, de frustraciones también, prepara en esta joven Virgen de Nazareth, el terreno para su “fiat”, la consumación de aquella Mujer Escogida desde antes de la creación del mundo en la eterna Sabiduría de Dios.

Aquella humilde muchacha de Galilea, contendrá en su corazón repleto de la gracia, la libre y afirmativa respuesta del género humano al plan salvador de Dios. Con esta misteriosa elección de María y su respuesta al anuncio del ángel, Dios quiso delimitar el momento de la consumación: al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gál 4, 4).

Es esta esperanza de la Virgen la que ha preparado el terreno para recibir y gestar la semilla de la Redención. Esta Virgen de la Esperanza también quiere encender en el corazón de todos los cubanos hoy el cirio de un nuevo advenimiento. Quiere gestar como buena madre en una tierra donde no puede morir la esperanza, una Nación redimida y liberada de todo aquello que le pretenda apartar de su vocación primera, o asfixiar sus anhelos más profundos… “porque su misericordia llega a sus fieles de generación en generación” (Lc 1, 50).

María, mujer de fe

En el inmenso depósito de gracias halladas en María no podemos dejar de contemplar esta virtud de la Fe. No en vano San Lucas quiere enfatizar esta virtud de la Virgen: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las promesas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1, 45) son palabras que el evangelista pone en boca de su parienta Isabel y que preceden al cántico más hermoso hallado en los Evangelios, el Magníficat.

La Esperanza que no ha quedado defraudada, da paso al acto de fe y diciendo “hágase”, María toma parte de manera activa en la Nueva Creación. Con este “Sí” confiado de la Virgen, Dios ha comenzado a “recapitular todas las cosas en Su Hijo”. María ha querido agarrar con sus dos manos el arado que la humanidad vieja y caída no había podido sostener, y su respuesta de fe se ha constituido en la puerta por la que Dios mismo quiso entrar al mundo para “hacer nuevas todas las cosas”.

Pero esta fe de María, no es una quietud reconfortante, no es un ansiolítico para la resignación. Esta fe la hace más consciente y responsable de las demandas de su tiempo, la levanta y pone en marcha “con prontitud a la región montañosa” (Lc 1, 39) a la casa de Zacarías para servir a Isabel. Por esta fe, recibe sin miedo el crudo vaticinio del anciano Simeón: “y a ti misma una espada te atravesará el alma! a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 35).

Esta misma fe es la que le convierte en la más perfecta discípula, que no mengua en su seguimiento, antes bien, cuando parece que no comprende todas las cosas, con más claridad señala a aquel, que es el objeto de su fe, como el Modelo y el Maestro: “Hagan lo que Él les diga.” (Jn 2, 5) les dice a aquellos que han perdido la paz en Caná, por no contar con lo necesario, por habérseles agotado el vino de la alegría.

Una fe tan activa, que no deja de brazos cruzados. Una fe que inquiere por las necesidades del otro puede volverse una fe incómoda para los que procuran una versión calmante y analgésica de la religión. Una fe como la de María puede volverse subversiva para los poderosos que ponen su confianza en la solidez de su trono o para los ricos que temen ser “despedidos sin sus posesiones” (Lc 1, 53).

La Virgen también vela por la fe de los cubanos y se inquieta por la veces en que esta fe corre el riesgo de prostituirse en el comercio de las conveniencias, o cuando puede ocultarse por la vergüenza, o por el miedo o por la cobardía, cosas con las que nunca comulgaron nuestros veteranos en la fe. La Virgen se entristece cuando los hijos que Jesús le dio no profesan públicamente y con firmeza esa fe. O cuando aquellos que han sido puestos en medio del pueblo para enseñarla y confirmarla, la callan sin escrúpulos. “Bienaventurada me llamarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1, 49).

María, Madre de la Caridad

María es, finalmente, Madre de la Caridad. No hay virtud más bella en María que la de la caridad. Y ahí los cubanos tenemos el privilegio de no haber sido agraciados con un título diferente para nombrar a nuestra Patrona que el de Caridad.

Si Dios es amor-caridad, y quiere que todos los hombres se acerquen más a la participación de su esencia, precisamente en la vivencia de la caridad, entonces hallamos que María se presenta para todos nosotros como una síntesis perfectísima de lo que es vivir en la Nueva Alianza. María de la Caridad es un icono de aquello a lo que estamos llamados a convertirnos.

Dios que nos ama quiere hacernos participar de su bienaventuranza implicándonos en el ejercicio del amor, ya que el que ama conoce a Dios, vive en Dios y ha cumplido la Ley Entera.

No hay un título tan hermoso por el que podamos identificar a la Madre de Dios, pero los más importante es que para los cubanos esta cariad de María va más allá del mero título.

Aquella que ha concebido en su seno virginal al Hijo de Dios y le ha dado a luz en la humildad de un establo, también conoce nuestras pobrezas y limitaciones. Aquella que estuvo al pie de la cruz en el Gólgota, no deja de estar también hoy de pie en nuestro calvario, como en todos los tragos amargos de nuestra historia. Allí donde un hijo de la Patria padece, por la razón que sea, María también permanece como consuelo y acicate de perseverancia.

Esta caridad perenne de la Virgen es la que nos sigue enamorando. Nos cautiva su figura a la vez que nos empuja. Por un lado nos entrega la ternura de su Hijo amado, fruto de sus entrañas; por el otro la cruz limpia y severa que se lo arranca.

Con esta entrega quiere enseñarnos las claves de su propio seguimiento de discípula. Acompaña la Madre al Hijo, desde la encarnación hasta la cruz, y hasta la misma gloria.

No he conocido ninguna advocación de la virgen que porte en sus manos una Cruz, como lo hace la Virgen de Nipe: las hay que tienen la bola del mundo, otra presenta un escapulario, un rosario, un cetro, una casita, una cinta, etc. Pero, la Caridad del Cobre nos muestra y entrega una Cruz, quizás para recordarnos que no hay quien pueda aceptar a su Hijo sin abrazar también su Cruz.

En todo caso, esta Virgen nuestra ha querido subirse a nuestra barca desde 1612 y ya lleva más de cuatro siglos sin dejar de animar nuestro bregar, en alta mar y con tormenta. Las luchas de hoy quizás sean muy distintas que las de hace dos o tres siglos, pero su caridad no disminuye.

Hoy como en 1916 la seguimos proclamando como nuestra Patrona, le pedimos nos dé la gracia de una Cuba Libre, pero también le pedimos que con esta gracia nos alcance la reconciliación y el perdón, el no enfrentarnos cubano contra cubano, el nunca caer en la tentación de dividirnos en dos bandos: los de aquí y los de allá. María de la Caridad nos regale esta gracia de la unidad. Y que bajo su amparo e iluminados por su claridad, podamos volver a aclamarla como hermanos.

Esta Virgen que, también se ha hecho peregrina, inmigrante y balsera, se ha convertido para todos los hijos de Cuba en puente y símbolo de comunión, aunque muchos quieran mitigar este valor convergente. Así es, la Caridad de María se ha vuelto un puente por encima de todas las orillas, por encima de todos los odios, por encima de todas las heridas, por encima de todas las ideologías.

¡A Jesús por María, la Caridad nos une!

Que así sea.

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