Homilia en el Quinto Domingo de Pascua

Estamos en el Quinto Domingo de la Pascua. En tres semanas estaremos celebrando ya el Domingo de Pentecostés. Es durante este tiempo pascual en el que la Iglesia, contemplando a Cristo Resucitado, va creciendo en el conocimiento de su Esposo y  Redentor. Cristo ha prometido a su Iglesia la asistencia permanente del Espíritu Santo. Es gracias a este Espíritu, que hoy podemos escuchar y entender este Evangelio que se ha proclamado hoy.

El evangelista San Juan nos ubica en el contexto de la última Cena, en el Aposento Alto, donde Jesús está teniendo el último, más íntimo y más extenso coloquio con sus apóstoles. “No pierdan la paz” o como dicen otras traducciones, “que no se turbe vuestro corazón”. Justo antes de comenzar el desenlace final de la vida terrena de Cristo, el Maestro quiere dar confianza a sus apóstoles. “Me voy para prepararles un sitio y vendré luego para llevarlos conmigo, de manera que ustedes están donde estoy yo. Ustedes ya conocen el camino”.

Jesús está rompiendo el velo misterioso que durante tantos siglos y milenios había mantenido en el ocultamiento la intimidad del mismo Dios. El Hijo eterno del Padre, dispuesto a dar el impulso final a la obra de la Redención, revela a los discípulos que no hay temer. La cruz que viene y que hay que abrazar definitivamente para la salvación del género humano está en el plan de Dios. Todo está calculado y previsto por la Providencia perfecta de la Santísima Trinidad.

El Hijo amado del Padre, no ha hecho más en todo su ministerio público que mostrar cuál es el camino hacia el Padre. El proyecto eterno del Padre, su Reino, y la intimidad con Él han sido siempre la pasión motora de la vida encarnada del Verbo Eterno. Todas sus palabras y todos sus signos han sido una referencia al Padre amoroso, al Abba. Cristo es en el Evangelio de San Juan el Revelador del Padre, su Verdadero Rostro, su última y definitiva Palabra.

Jesús que desde el capítulo 13 de San Juan hasta el 17 está teniendo este coloquio “mistagógico” con sus amigos más cercanos, no ha parado de hablar sobre el Amor. El amor es el resumen de la Ley, es la esencia de Dios mismo, es el modo y el método del obrar cristiano. En fin, el amor es la divinidad misma, porque Dios es amor.  No hay otra ley por encima, no hay otro método mejor. Es por ello que Jesús cuando se despide les dice “ustedes ya conocen el Camino”. Sí, mis queridos hermanos y hermanas, el único camino es el amor.

Y luego, vendrán dos personajes, Tomás y Felipe, que con sus intervenciones, arrancarán de la boca del Maestro dos respuestas que han quedado como joyas de lo que hoy llamamos Cristología: (1) la absoluta necesidad de Jesucristo para la Salvación del Mundo y (2) la igualdad esencial del Padre y del Hijo.

En Tomás están representados todos aquellos que siguiendo una religion del “obrar bien” se despistan y pierden de foco lo esencial de nuestra Fe.

Algo que debemos recordar en este punto es que, si por un lado, todas las religiones intentan buscar a Dios y se crean una sarta de métodos y rituales para alcanzar el favor de la divinidad o alcanzar la atención de ésta; en la fe cristiana sucede lo contrario, sin que lo anterior pierda su fuerza. No es que el hombre tenga que inventarse un camino para llegar a Dios, no es que tengamos que hacer muchos sacrificios para alcanzar el cielo, sino que Dios mismo en persona, toma la iniciativa y desciende al hombre. No quiere bajar del cielo en una nube, más bien se hace uno como nosotros desde el origen y se deja gestar nueve meses en el vientre de una Mujer. Y todo esto lo hace para hablarnos en nuestro propio idioma.

No es que Dios nos haya entregado un método, no. Es que Dios mismo se ha hecho el Camino que hay que transitar. Dios mismo ha querido quitar el velo de su misterio, de manera que podamos verle cara a cara en el rostro de su Hijo.

Por eso el Cristianismo, más que una verdad que hay que estudiar para entender, es una verdad que se contempla de rodillas y se adora con la fe. Ya no es que Dios nos ha dado un método de vida, como las tablas que dio a Moisés con los diez mandamientos, sino que Dios ha vivido plenamente nuestra vida y ha deshecho en nuestra carne aquello que nos quitaba la vida, para que ya vivamos en libertad, para que vivamos la vida en plenitud.

Aquel arbol de la vida que Dios arrancó del Eden cuando el primer pecado, ahora ha sido plantado en el corazón de todos aquellos que reconocen en Cristo al gestor de la misma vida: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá para siempre”, dijo Jesús a Martha en el capítulo 11 del mismo Evangelio y nos dice hoy también a todos nosotros.

Así es, mis queridos hermanos y hermanas, a pesar de todas las vías y alternativas que nos presente el mundo de hoy, a pesar de todas las verdades aparentes que se levantan hoy de manera paralela y a pesar de todos los modelos y maneras de vivir, a veces un poco distorsionados, con los que somos bombardeados por todos los medios: solo hay un Camino, una Verdad y una Vida, y se llama Jesucristo.

En la petición de Felipe, están encerrados los anhelos de infinito y de sentido de todos los corazones humanos: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Ya dijo San Agustín que el corazón del hombre permanece inquieto hasta que descansa en Dios. Pues bien, este corazón inquieto que busca a Dios o que busca la verdad, consciente o no de ellos, (tal como diría Santa Edith Stein), está en camino de Salvación. Sucede que muchas veces buscamos fuera lo que resulta estar dentro, o que vamos a sitios distantes buscando algo, o mejor, buscando a Alguien que están tan cerca… Dios es más íntimo a nosotros que nosotros mismos.

Escucha Felipe o como sea que te llames (porque muchos de nosotros también somos como Felipe), tanto tiempo hace que estoy contigo, ¿y todavía no me conoces? Quien me ve a mí, ve al Padre. ¿Entonces por qué dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?

Yo he venido para romper el silencio de los siglos y quitar el velo que ocultaba el misterio de Dios. Yo he venido para abrir tus ojos ante el rostro de mi Padre. Yo he venido para devolverte la vida y para que la vivas en plenitud. Yo he venido para que sepas que lo único más importante en el corazón de mi Padre es que su amor por ti es infinito. Yo he venido para que ya no tengas miedo ni guardes rencores ni desconfíes a cada paso, y de una vez te dejes envolver por la dinámica del amor, del perdón y la confianza. Yo he venido para perdonar todos tus pecados, los grandes y los pequeños, y devolverte la paz. Yo he venido para abrirte las puertas del Banquete y sumergirte en la intimidad trinitaria  y en el gozo de Dios. Yo he venido para darte la libertad y la paz que el mundo no te puede dar.

Quiero terminar la homilía recordándoles lo que les dije al principio. Y lo parafraseo de manera distinta: nadie puede salvarse si no es por Jesucristo, nadie puede llegar a Dios si primero no pasa por él. En Él tenemos acceso a la intimidad con el Padre y por él participamos de la naturaleza divina. Él ha abrazado a la humanidad entera para que todos nosotros seamos insertados en el abrazo divino del Padre  y del Hijo y del Espíritu Santo. De nuestra parte queda hacer que estas verdades tan bellas se hagan concretas en nuestro actuar cotidiano.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto:
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close