El espíritu de Covadonga: antídoto contra la amnesia de Europa

El sábado 17 de octubre de 2026 ardió el campanario del Ayuntamiento de Limoges, un edificio de 1883 que las autoridades dieron después por «en gran parte perdido». Esa misma noche, en Marsella, fueron forzadas varias iglesias; en el distrito XIX de París, una sinagoga apareció con el arca de la Torá abierta y los libros santos por el suelo; en Lyon hubo que aplazar una marcha interreligiosa por la paz. Apenas tres semanas antes, el Papa León XIV había pedido a los franceses, desde la Plaza de la Concordia, construir «una nación renovada a partir de sus raíces, regadas por la fe».

Ayuntamiento de Limoges en llamas

Entre aquella homilía y aquel incendio cabe entera la pregunta de este artículo: ¿qué le ocurre a una civilización que olvida de dónde viene? Y su respuesta, que queremos dar con las fuentes en la mano y sin miedo: Europa nació en la pila bautismal, y solo volviendo a ella —con el espíritu que un día levantó Covadonga— podrá seguir siendo Europa.

I. Lo que ardió en octubre, y lo que de verdad está en juego

Empecemos por la honradez, que es la primera virtud del caballero. Los disturbios de octubre no nacieron como una revuelta religiosa. Comenzaron a mediados de septiembre como una protesta de estudiantes de liceo por las condiciones de las escuelas, se sumaron después sindicatos y «chalecos amarillos» contra la carestía de la vida, y el 17 de octubre más de medio millón de personas marcharon, en su inmensa mayoría pacíficamente. La violencia —más de dos mil detenidos, cientos de policías heridos, edificios públicos incendiados— el Gobierno francés la atribuye a núcleos organizados de ultraizquierda a los que se sumaron delincuentes para saquear. Varios gobernantes europeos y el presidente de los Estados Unidos la han atribuido, en cambio, a la inmigración; las autoridades francesas no lo han establecido, y el debate sigue abierto.

No lo decimos para restar gravedad a lo ocurrido, sino para mirarlo mejor. Porque lo que estos días desnudan es algo más hondo que la autoría de una noche de saqueos: una generación entera que ya no sabe por qué un campanario, un altar o un sagrario merecen respeto. Los que forzaron las iglesias de Marsella no necesitaban un Corán en la mano; les bastaba no tener nada en el alma. El primer enemigo de Europa no viene de fuera: es el nihilismo que la vacía por dentro.

Y, sin embargo, también sería mentir callar el otro peligro, que no es hipotético. El 26 de julio de 2016, dos yihadistas degollaron al padre Jacques Hamel mientras celebraba Misa en Saint-Étienne-du-Rouvray. El 29 de octubre de 2020, un terrorista islamista asesinó a tres fieles en la basílica de Notre-Dame de Niza. Las grandes revueltas de los suburbios de 2005 y 2023 —en las que ardieron también algunas iglesias— revelaron fracturas de integración que media Europa se negó durante décadas a nombrar. Hay un islamismo político que no oculta su proyecto, y hay barrios donde la ley común retrocede.

Las dos amenazas no son rivales: son complementarias. Donde el cristianismo se vacía, algo ocupa el vacío. Una Europa sin alma no es una Europa neutral; es una casa deshabitada, y las casas deshabitadas siempre acaban ocupadas —por el consumo, por la ideología, o por otra fe más segura de sí misma—. Por eso el problema de fondo no es cuántos llegan, sino qué encuentran cuando llegan: si encuentran una civilización que sabe quién es, o un museo cuyos guardianes han olvidado lo que custodian.

II. Europa nació en la pila bautismal

Europa no es un continente: geográficamente es apenas una península de Asia. Europa es una forma, y esa forma se la dio el Evangelio. Cuando el obispo San Remigio bautizó a Clodoveo en Reims a finales del siglo V, nacía Francia; cuando los monjes benedictinos copiaban a Virgilio y a Aristóteles en sus scriptoria, salvaban la memoria de Grecia y de Roma; cuando Cirilo y Metodio dieron alfabeto a los eslavos, nacía la otra mitad del continente. De las escuelas catedralicias nacieron las universidades; de la hospitalitas monástica, los hospitales; de la teología de la persona —cada hombre imagen de Dios, cada alma de valor infinito— nacieron, aunque hoy lo hayan olvidado sus herederos, la dignidad humana, la igualdad ante la ley y los derechos del hombre que la Europa laica proclama como suyos.

Por eso San Juan Pablo II, en la catedral de Santiago de Compostela, el 9 de noviembre de 1982, lanzó el grito que sigue siendo el programa de cualquier cristiano europeo: «Europa, vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces.» Y veinte años después, en la exhortación Ecclesia in Europa (2003), diagnosticó con una expresión que se ha vuelto proverbial lo que estaba ocurriendo: una «apostasía silenciosa» del hombre satisfecho que vive como si Dios no existiera (n. 9). No una persecución sangrienta, sino un olvido cómodo.

El Papa León XIV ha recogido esa antorcha. En Madrid advirtió que la religiosidad que anima a España no puede convertirse en un museo del pasado que se visita; en París, ante los obispos, sostuvo que la Iglesia sigue formando parte de la cultura, la identidad y la vocación de Francia, y les pidió no renunciar a su voz pública. Un continente que se avergüenza de sus catedrales es un continente que se avergüenza de sí mismo. Y quien se avergüenza de su padre, tarde o temprano, acepta otro.

III. Una primavera inesperada

Durante décadas, la crónica religiosa de Europa fue un parte de bajas: seminarios vacíos, parroquias agrupadas, generaciones que dejaron de bautizar a sus hijos. San Juan Pablo II no exageraba al hablar de apostasía silenciosa. Pero la historia de la Iglesia nunca se escribe en línea recta, y lo que hoy se observa en Francia, en España y aun en el Reino Unido es algo que pocos sociólogos habían previsto: los jóvenes están volviendo.

Peregrinación a Chartres

En Francia, los bautismos de adultos han batido récords año tras año: en la Pascua de 2025 superaron los diez mil, y entre ellos crecen de forma llamativa los estudiantes y los adolescentes —muchos sin ninguna formación cristiana previa, algunos procedentes de familias musulmanas—. La peregrinación de Pentecostés de París a Chartres se llena de jóvenes hasta tener que cerrar inscripciones. Setecientas mil personas acudieron a la Plaza de la Concordia para recibir al Papa este septiembre. En España florecen las adoraciones eucarísticas juveniles, los retiros y los movimientos que llenan iglesias de veinteañeros, y la visita de León XIV a Madrid fue un clamor. En Inglaterra, un estudio de la Bible Society (The Quiet Revival, 2025) registró un aumento notable de la asistencia de jóvenes adultos a las iglesias.

Los países que un día fueron baluartes de la fe y centros de misión vuelven a ser, en el mejor sentido de la palabra, tierra de misión: no tierra perdida, sino campos que blanquean para la siega (cf. Juan 4, 35). Esa juventud que busca raíces, belleza y verdad es la mejor noticia de Europa. Pero toda primavera tiene sus heladas, y sería ingenuo ignorar las que amenazan a esta.

IV. El espejo británico

Si Francia muestra el riesgo del vacío, el Reino Unido muestra el de la fragmentación. Londres, que hace un siglo era la capital de un imperio cristiano, tiene hoy cerca de un 15 % de población musulmana según el censo de 2021, frente a un 6,5 % en el conjunto de Inglaterra y Gales. Muchos de sus visitantes —y no pocos de sus propios vecinos— dicen que algunos barrios de la ciudad resultan casi irreconocibles.

Londres

El problema no es que los musulmanes recen en Londres: la libertad religiosa es una conquista que el cristianismo enseñó a Europa. El problema es que, en ciertos barrios, comunidades enteras viven en paralelo, sin hacer suyos la lengua, las costumbres ni los principios de la sociedad que las acogió. Ya en 2016 el informe de Dame Louise Casey sobre integración, encargado por el propio Gobierno británico, advirtió de una segregación creciente en algunas comunidades y de prácticas regresivas incompatibles con la igualdad ante la ley, especialmente en perjuicio de las mujeres. Una revisión independiente del Ministerio del Interior (2018) examinó los llamados consejos de sharía, que funcionan en el país como instancias de arbitraje religioso paralelo. Es en ese aislamiento donde el islamismo recluta y avanza. Y el fenómeno empieza a tener expresión política: en las elecciones generales de 2024, varios candidatos independientes, sostenidos sobre todo por el voto de comunidades musulmanas en torno a la causa de Gaza, obtuvieron escaños en el Parlamento; un voto de identidad religiosa y comunitaria que la política británica apenas conocía.

Hay que mirar el cuadro entero: muchos musulmanes británicos están plenamente integrados, y la vitalidad cristiana de Londres se debe en buena medida a inmigrantes —africanos, latinoamericanos, polacos, filipinos— que llenan sus parroquias. La línea divisoria no pasa por el pasaporte ni por el color de la piel, sino por la disposición a hacer propia la casa común. Una inmigración que se integra enriquece; una que se encierra y se niega a reconocer el suelo que pisa acaba transformándolo a su imagen. Y una sociedad que, por miedo a parecer intolerante, renuncia a pedir integración termina pagando el precio más alto: dejar de ser ella misma.

V. Covadonga: el espíritu de la Reconquista

En el año 711 un ejército musulmán cruzó el Estrecho y en apenas siete años dominó casi toda la península. La Hispania visigoda, que había celebrado concilios ilustres y dado a la Iglesia a San Isidoro, se derrumbó. Lo razonable —lo que cualquier analista habría recomendado— era aceptar el nuevo orden. Pero en una cueva de los Picos de Europa, junto a una imagen de la Virgen, un puñado de hombres al mando de Pelayo se negó. Covadonga (c. 722) no fue una gran batalla: fue un no. Y de ese no salió España.

Pelayo y sus hombres

La Reconquista duró casi ocho siglos, hasta la entrega de Granada el 2 de enero de 1492. De ella conviene retener, para nuestro tiempo, cuatro rasgos que constituyen su verdadero espíritu:

1. La negativa a aceptar la pérdida de la identidad como un destino. Los reinos cristianos del norte eran pobres, pequeños y divididos; tenían todo en contra salvo una cosa: sabían quiénes eran. La memoria de la Hispania cristiana fue su capital más valioso.

2. La paciencia de los siglos. Nadie que luchó en Covadonga vio Granada. La Reconquista fue obra de treinta generaciones que trabajaron para nietos que no conocerían. Es la virtud que más le falta a nuestra época de lo inmediato.

3. La fe como alma de la resistencia. La Reconquista se hizo bajo el patrocinio de Santiago, cuyo sepulcro convirtió a Compostela en el corazón espiritual de Europa, y engendró sus propias órdenes de caballería —Calatrava (1158), Santiago (1170), Alcántara, Montesa—: monjes-soldados que unían la oración de las horas al servicio de las armas. En las Navas de Tolosa (1212), los reyes de Castilla, Aragón y Navarra combatieron juntos: la fe común fue más fuerte que las rivalidades.

4. La reconstrucción. Cada tierra recuperada se repoblaba con iglesias, monasterios, fueros y escuelas. La Reconquista no solo derribó un poder: edificó una civilización. La Universidad de Salamanca (1218) es tan hija de la Reconquista como Las Navas.

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, recibiendo las llaves de Granada

La Reconquista no fue una hagiografía. Hubo siglos de convivencia y de intercambio —mozárabes, mudéjares, la Escuela de Traductores de Toledo—, y hubo también páginas que la Iglesia de hoy no puede suscribir: conversiones forzadas, la expulsión de los judíos en 1492 y de los moriscos en 1609. Desde el Concilio Vaticano II la Iglesia enseña que la fe no puede imponerse por coacción (Dignitatis humanae, 2). Por eso, cuando hablamos del espíritu de la Reconquista, no hablamos de expulsar a nadie ni de volver a las armas. La tierra que hoy hay que reconquistar no es solamente un territorio: es el alma de los europeos. Nuestra Covadonga es la cueva del corazón donde un cristiano se niega a que su fe sea un recuerdo.

VI. La caballería de la redención: Trinitarios y Mercedarios

Hay un capítulo de esta historia que nos toca directamente y que dice, mejor que cualquier argumento, lo que distingue la respuesta cristiana. Durante siglos, miles de cristianos fueron capturados por corsarios del norte de África y vendidos como esclavos en Argel, Túnez o Tetuán. La respuesta de la Iglesia no fue el odio: fue la redención. En 1198 San Juan de Mata fundó la Orden de la Santísima Trinidad para rescatar cautivos; en 1218, en Barcelona, San Pedro Nolasco fundó la Orden de la Merced, que añadió a los tres votos religiosos un cuarto: quedarse como rehén en lugar del cautivo si era necesario para liberarlo.

El cautivo más célebre de Argel fue un soldado manco herido en Lepanto: Miguel de Cervantes. Tras cinco años de cautiverio y cuatro intentos de fuga, lo rescataron en 1580 dos frailes trinitarios. Sin la caridad trinitaria no habría Quijote: la mayor novela de la lengua española le debe su existencia a una orden que respondió a la esclavitud pagando el precio, no devolviendo el golpe.

Esa es la genealogía de la respuesta cristiana: firmeza en la identidad, caridad hasta el rescate. El caballero cristiano no odia a nadie; por eso puede defenderlo todo.

VII. Bautizar las culturas, no someterlas

Aquí está el corazón del asunto. ¿Por qué el cristianismo pudo dar forma a pueblos tan distintos —griegos y germanos, celtas y eslavos, aztecas y filipinos— sin borrarlos?

Porque el cristianismo no es primero una ley, sino una Persona: el Logos, la Palabra hecha carne. Y el Verbo que se encarnó en una cultura concreta asumió lo humano para purificarlo y elevarlo, no para aniquilarlo. Ya San Justino, en el siglo II, enseñaba que en toda cultura hay «semillas del Verbo» (logoi spermatikoi) que esperan su plenitud. San Pablo, en el Areópago, no derribó el altar «al Dios desconocido»: lo usó como puerta (Hechos 17, 23). Y en el año 601 el Papa San Gregorio Magno escribió al abad Melito, que partía a evangelizar Inglaterra, una instrucción que es un tratado de inculturación: no destruyáis los templos de los paganos, destruid los ídolos; rociad los templos con agua bendita, levantad altares y poned reliquias, para que el pueblo, viendo que sus lugares no son destruidos, venga con más gusto a adorar al Dios verdadero.

Así obró siempre la Iglesia en su mejor versión: el árbol de Navidad, las fiestas de la cosecha, el arte de cada pueblo, sus lenguas y sus músicas, fueron bautizados y ofrecidos a Dios como los dones de los Magos. La Virgen de Guadalupe se apareció a un indio con los colores, los símbolos y la lengua de su pueblo. El filósofo Rémi Brague lo ha formulado de manera memorable: Europa es «romana» porque nunca se creyó la fuente de su cultura; recibió la herencia de Jerusalén y de Atenas sabiendo que no le pertenecía, y por eso pudo transmitirla enriquecida.

¿Y el islam? Aquí hay que hablar con verdad y con justicia a la vez. La civilización islámica también recibió herencias ajenas: Bagdad tradujo a Aristóteles, Persia le dio su arte, Córdoba fue durante un tiempo la ciudad más culta de Occidente. Muchísimos musulmanes viven hoy su fe en paz y respetan las leyes de los países que los acogen. Pero hay una diferencia estructural que no conviene ocultar. En el islam clásico la revelación no es una Persona encarnada, sino un Libro dictado en árabe y una ley (sharía) que pretende regular la vida entera —la religiosa, la civil y la política—. De ahí que, históricamente, la expansión islámica haya tendido a traer consigo un orden jurídico: los cristianos y judíos bajo dominio musulmán podían conservar su culto, pero como dhimmíes, protegidos y a la vez subordinados, con impuestos especiales y prohibición de construir nuevos templos o de evangelizar. Santa Sofía, la mayor iglesia de la cristiandad durante mil años, fue convertida en mezquita en 1453 y, tras ochenta y seis años como museo, de nuevo en 2020.

Se dirá —y es verdad— que también los cristianos convirtieron mezquitas en iglesias y destruyeron templos paganos. La diferencia está en otra parte: cuando un cristiano impone la fe por la fuerza, traiciona su propio Evangelio, que distingue lo que es del César y lo que es de Dios (Mateo 22, 21) y que manda amar al enemigo (Mateo 5, 44); cuando los talibanes dinamitan los Budas de Bamiyán (2001), cuando el Estado Islámico arrasa Palmira (2015) o quema las iglesias de Mosul, invocan una lectura de sus textos fundacionales para justificarlo. Benedicto XVI lo planteó con valentía en Ratisbona (2006): no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. Una fe que se sabe razonable puede dialogar con todas las culturas; una ideología que se cree autorizada a imponerse solo puede someterlas.

Esta es, pues, la diferencia que Europa no puede permitirse olvidar: el cristianismo bautiza las culturas; el islamismo —que no es lo mismo que el islam, pero que nace de sus entrañas y se nutre del vacío de Occidente— las somete.

VIII. Identidad sin miedo, diálogo sin ingenuidad

Nada de lo anterior nos autoriza a odiar a nadie. El Concilio Vaticano II enseña que la Iglesia mira «con aprecio» a los musulmanes, que adoran al Dios único y honran a la Virgen María (Nostra aetate, 3). El Papa Francisco firmó en Abu Dabi (2019) el Documento sobre la Fraternidad Humana. El cristiano está llamado a dialogar con todos —y a evangelizar a todos—.

Pero el diálogo no es la rendición. Solo puede dialogar quien es alguien. Una Europa que no sabe lo que cree no dialoga: se disuelve. Por eso Ecclesia in Europa pide una relación con el islam llevada con prudencia, con ideas claras sobre sus posibilidades y sus límites, y exigiendo reciprocidad en la libertad religiosa (n. 57): que los cristianos puedan vivir y testimoniar su fe en los países de mayoría musulmana como los musulmanes lo hacen en Europa.

Y el Catecismo de la Iglesia Católica traza en un solo número el equilibrio que buscamos (n. 2241): las naciones prósperas tienen el deber de acoger, en la medida de lo posible, al extranjero que busca seguridad y medios de vida; las autoridades pueden, en vista del bien común, subordinar el derecho a inmigrar a condiciones jurídicas; y el inmigrante está obligado a respetar con gratitud el patrimonio material y espiritual del país que lo acoge, a obedecer sus leyes y a contribuir a sus cargas. Acogida y exigencia no se oponen: se necesitan. Un Estado que regula la inmigración no peca contra la caridad; un inmigrante que quema lo que le acogió peca contra la justicia y la gratitud.

Conviene, además, distinguir con cuidado. No es lo mismo un musulmán que un islamista; no es lo mismo un inmigrante que un delincuente; y no toda la inmigración que llega a Europa es musulmana: buena parte de la que recibe España es hispanoamericana y católica, y está rellenando los bancos de no pocas parroquias. Quien ha conocido el exilio sabe que el inmigrante agradecido honra la tierra que lo recibe. Generalizar es mentir.

IX. La espada del caballero hoy

¿Qué significa, entonces, vivir hoy el espíritu de la caballería cristiana y de Covadonga? No se trata de empuñar espada alguna: el combate del cristiano, como enseñaba San Bernardo, es doble —contra el mal de fuera y contra el mal de dentro—, y el segundo decide el primero. Concretamente:

Rezar. Ninguna civilización se defiende con argumentos si sus defensores no se arrodillan. La oración de cada mañana, la Misa del domingo, el rosario en familia: ahí empieza toda reconquista.

Conocer. No se ama lo que no se conoce. Enseñar a nuestros hijos la historia de la fe —Covadonga y Lepanto, Benito y Bernardo, Teresa e Ignacio— es un acto de resistencia cultural.

Custodiar. Defender por todos los medios legítimos —cívicos, jurídicos, políticos— los templos, las fiestas, los crucifijos de las escuelas y el patrimonio que nuestros mayores levantaron. Lo que no se defiende, se pierde.

Transmitir. Europa no morirá por invasión, sino por esterilidad. Las familias abiertas a la vida y la educación cristiana de los hijos son la repoblación de nuestra Reconquista.

Evangelizar. Incluido al inmigrante, incluido al musulmán. El mejor muro contra el islamismo no es el odio, sino un cristianismo tan vivo que atraiga. Los catecúmenos de origen musulmán que hoy piden el Bautismo en Francia son la prueba de que la Cruz sigue siendo más fuerte que cualquier ideología.

Decir la verdad. Sin complejos y sin odio: ni la cobardía que calla los peligros, ni la histeria que culpa a todos por los crímenes de algunos. Non nobis, Domine: no defendemos nuestra gloria, sino la de Dios y la de los débiles.

Covadonga empezó en una cueva con un puñado de hombres y una imagen de la Virgen. No hace falta ser muchos para empezar una reconquista; hace falta saber quién se es y a quién se sirve. Europa, vuelve a encontrarte. Sé tú misma.

¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios!


Fuentes y bibliografía

Magisterio: Concilio Vaticano II, Nostra aetate, 3; Dignitatis humanae, 2 · San Juan Pablo II, Acto europeísta en Santiago de Compostela (9-XI-1982); exhortación Ecclesia in Europa (2003), nn. 9 y 57 · Benedicto XVI, Discurso en la Universidad de Ratisbona (12-IX-2006) · Francisco y Ahmad al-Tayyeb, Documento sobre la Fraternidad Humana (Abu Dabi, 2019) · Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2241 · León XIV, homilía en la Plaza de la Concordia (26-IX-2026) y discurso a los obispos de Francia en Lourdes (27-IX-2026).

Fuentes antiguas y medievales: Hechos 17, 23; Mateo 5, 44; 22, 21 · San Justino, Apologías (s. II) · San Gregorio Magno, Carta al abad Melito (601), en Beda, Historia eclesiástica, I, 30 · San Bernardo de Claraval, De laude novae militiae (c. 1130).

Estudios: Rémi Brague, Europa, la vía romana (Madrid, Gredos) · Claudio Sánchez-Albornoz, España, un enigma histórico · Luis Suárez Fernández, La Reconquista · Derek W. Lomax, La Reconquista (Barcelona, Crítica).

Actualidad (octubre de 2026): Associated Press, CNN, EWTN News, Forward/JTA, i24NEWS y Brussels Signal sobre los disturbios del 17-18 de octubre en Francia y las reacciones europeas · Office for National Statistics, Censo de Inglaterra y Gales 2021 · Dame Louise Casey, The Casey Review: A review into opportunity and integration (2016) · Home Office, The independent review into the application of sharia law in England and Wales (2018) · Bible Society, The Quiet Revival (2025) · Conferencia Episcopal de Francia, datos del catecumenado (2025).

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