Lecturas: 1 Reyes 3, 5. 7-12; Salmo 118; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-52
Cristo, el verdadero tesoro
Hermanos:
Si esta noche Dios se apareciera en nuestros sueños y nos dijera: «Pídeme lo que quieras y te lo concederé», ¿qué le pediríamos?
¿Salud? ¿Dinero? ¿Éxito? ¿Que desaparezcan nuestros problemas?
Salomón pudo pedir cualquier cosa. Sin embargo, no pidió riquezas, larga vida ni la derrota de sus enemigos. Reconoció con humildad: «No sé cómo actuar». Y pidió algo extraordinario: «Señor, dame sabiduría de corazón para distinguir entre el bien y el mal».

Esta Palabra nos deja hoy tres enseñanzas.
La primera: no basta tener muchas cosas; necesitamos saber qué cosas valen verdaderamente.
Podemos tener oportunidades, talentos, dinero, proyectos y grandes sueños; pero, sin sabiduría, podemos terminar persiguiendo cosas que brillan mucho y valen muy poco.
La sabiduría bíblica no consiste simplemente en saber mucho. Es aprender a mirar la vida con los ojos de Dios. Es tener un corazón capaz de reconocer el bien, escogerlo y permanecer en él.
¡Cuánto necesitamos esa sabiduría! Para elegir nuestras amistades, orientar nuestros sueños, educar a nuestros hijos, tomar decisiones y distinguir entre lo que nos hace felices por un momento y lo que realmente puede llenar el corazón.
La segunda enseñanza: Cristo es el tesoro que da valor a todo lo demás.
Jesús nos habla de un hombre que encuentra un tesoro escondido. Lo vende todo para comprar aquel campo. Pero hay un detalle fundamental: ¡no lo hace llorando! El Evangelio dice que lo hace lleno de alegría.
Porque quien encuentra un verdadero tesoro no vive lamentándose por lo que dejó atrás. Vive entusiasmado por lo que acaba de descubrir.
¡Eso es encontrar a Cristo!
Encontrar a Cristo no significa perder nuestra libertad, renunciar a nuestros sueños o dejar de disfrutar la vida. ¡Todo lo contrario! Significa descubrir para qué estamos vivos, quiénes somos verdaderamente y hacia dónde debemos caminar.
Cuando Cristo ocupa el centro, nuestros sueños no desaparecen: encuentran dirección. Nuestras heridas no tienen la última palabra. Nuestros talentos adquieren una misión. Y nuestras renuncias dejan de ser pérdidas, porque hemos encontrado algo infinitamente mejor.

Quizás algunos viven el cristianismo con cansancio, como si seguir a Jesús fuera solamente una colección de prohibiciones y obligaciones. Pero quien ha descubierto de verdad a Cristo entiende que el Evangelio no es una pesada carga: es una buena noticia. ¡La fe es la alegría de haber encontrado el tesoro!
Y la tercera enseñanza: Dios puede hacer que todo contribuya para nuestro bien.
San Pablo no dice que todo lo que sucede sea bueno. La enfermedad no es buena. La injusticia no es buena. El pecado no es bueno. Lo que afirma es algo mucho más consolador: cuando amamos a Dios y ponemos nuestra vida en sus manos, Él puede tomar incluso aquello que nos ha herido y convertirlo en camino de salvación.
Dios no desperdicia nuestras lágrimas. No abandona nuestras historias a medio terminar. Su propósito es ir formando en nosotros la imagen de su Hijo. Incluso en los momentos que no comprendemos, Él continúa trabajando.
Por eso hoy podemos preguntarnos: ¿dónde está mi tesoro? ¿En qué estoy poniendo el corazón? ¿He encontrado ya aquello que realmente importa?
Pidamos al Señor la sabiduría de Salomón para reconocer el verdadero tesoro, la valentía para elegirlo y la alegría para seguirlo.
Porque quien encuentra a Cristo no pierde la vida. Quien encuentra a Cristo encuentra finalmente la vida, la alegría y el sentido que siempre estuvo buscando.
Amén.
