«Militad la buena milicia, manteniendo la fe y buena conciencia» (1 Tim 1, 18-19)
Rev. Rubén de la Trinidad
Una bala de cañón que Dios convirtió en gracia
Hay batallas que se pierden para que se gane una guerra más alta. El 20 de mayo de 1521, en la defensa de la fortaleza de Pamplona contra las tropas franco-navarras, una bala de cañón destrozó la pierna derecha —e hirió también gravemente la izquierda— de un hidalgo guipuzcoano de unos treinta años, orgulloso, valiente hasta la temeridad, enamorado de la gloria y de las armas: Íñigo López de Loyola. Sus propios compañeros habían querido rendir la plaza; él los convenció de resistir hasta el final. Cayó Íñigo, y con él cayó la fortaleza. Pero aquella bala, que quebró el hueso, quebró también —sin que él lo supiera aún— el proyecto entero de su vida. En Pamplona, Dios derribó al caballero para levantar al santo.¹

El propio Ignacio, dictando al final de su vida el relato de su peregrinación al P. Luis Gonçalves da Câmara, se retrata sin piedad: «Hasta los veintiséis años de su edad fue hombre dado a las vanidades del mundo, y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas, con un grande y vano deseo de ganar honra».² No hay conversión verdadera sin verdad sobre uno mismo. El herido fue trasladado a la casa-torre de Loyola, donde soportó —sin quejarse, por pura vanidad caballeresca— que le quebraran de nuevo la pierna mal soldada y le serraran un hueso que sobresalía, porque deformaba la bota ajustada del cortesano.
Y entonces sucedió el milagro de la Providencia disfrazado de aburrimiento. Íñigo pidió libros de caballerías para entretener la convalecencia. No los había en la casa. Solo encontraron dos: la Vita Christi del cartujo Ludolfo de Sajonia y el Flos Sanctorum, la vida de los santos de Santiago de la Vorágine. Leyendo, el caballero descubrió a otros caballeros: Francisco de Asís, Domingo de Guzmán. Y se decía: «Santo Domingo hizo esto; pues yo lo tengo de hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo tengo de hacer».³ Nótese: la conversión de Ignacio no anuló su temperamento combativo; lo transfiguró. Dios no destruye la naturaleza, la eleva. El mismo pundonor que lo mantuvo en la muralla de Pamplona lo lanzaría después a la conquista de las almas.
En aquel lecho de Loyola nació también, casi sin darse cuenta, el arte que Ignacio legaría a la Iglesia: el discernimiento de espíritus. Advirtió que los pensamientos de vanidades mundanas lo deleitaban mientras duraban, pero lo dejaban «seco y descontento»; en cambio, los pensamientos de imitar a los santos no solo lo consolaban en el momento, sino que lo dejaban «contento y alegre» aun después de pasados.⁴ De esta observación humilde —un soldado tomándose el pulso al alma— brotarían las Reglas de discernimiento de los Ejercicios Espirituales (EE 313-336), uno de los tesoros más finos de toda la espiritualidad cristiana.
La vela de armas en Montserrat: la caballería bautizada
Sanado el cuerpo y encendida el alma, Íñigo partió de Loyola en febrero de 1522. Su primera meta no fue un seminario ni una universidad: fue el santuario de Nuestra Señora de Montserrat, en Cataluña. Y allí realizó uno de los gestos más bellos y más elocuentes de toda la historia de la santidad cristiana.

Él mismo lo confiesa en su Autobiografía: «Y como tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís de Gaula y de semejantes libros, veníanle algunas cosas al pensamiento semejantes a aquéllas; y así se determinó de velar sus armas toda una noche, sin sentarse ni acostarse, mas a ratos en pie y a ratos de rodillas, delante del altar de Nuestra Señora de Montserrat, donde tenía determinado dejar sus vestidos y vestirse las armas de Cristo».⁵
La vela de armas era el rito solemne por el cual el escudero pasaba la noche en oración ante sus armas, custodiándolas, antes de ser armado caballero al amanecer. Ignacio conocía el rito por las novelas de caballerías —él mismo cita el Amadís— y por la tradición hispánica; las Partidas de Alfonso X el Sabio prescribían que el aspirante a caballero velara sus armas en la iglesia, orando, antes de la investidura.⁶ Pues bien: la noche del 24 al 25 de marzo de 1522 —vigilia de la Anunciación, cuando el Verbo se hizo carne en María— Íñigo veló sus armas ante la Virgen Morena de Montserrat. Antes se había confesado por escrito durante tres días con el monje benedictino Juan Chanon. Había regalado sus vestidos ricos a un pobre y vestido un sayal de peregrino. Y al terminar la vela, colgó su espada y su daga en la reja del altar de la Virgen.⁷
Comprendamos la hondura teológica del gesto. Ignacio no abandonó simplemente su ideal caballeresco: lo bautizó y lo puso enteramente al servicio de Cristo. En sentido espiritual, aquella noche comenzó su verdadera caballería. Cambió de señor, no de vocación. Dejó las armas de acero para tomar «las armas de Cristo», exactamente como manda el Apóstol: «Revestíos de la armadura de Dios… ceñida vuestra cintura con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia… embrazando el escudo de la fe… tomad el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios» (Ef 6, 11-17). Su primer biógrafo, el P. Pedro de Ribadeneira, que lo conoció y convivió con él, lo describe con precisión: en Montserrat, Ignacio se ofreció «como nuevo soldado de Jesucristo», comenzando «una nueva milicia».⁸ La caballería medieval, que la Iglesia había intentado siempre bautizar —piénsese en el Elogio de la nueva milicia de San Bernardo de Claraval—, encontró en aquel peregrino cojo de Guipúzcoa su cumplimiento más puro: un caballero cuya única dama sería la Virgen, cuyo único Rey sería Cristo, y cuyo campo de batalla sería el mundo entero.
Manresa: la cueva donde Dios enseñó a un soldado
De Montserrat, Ignacio bajó al pueblo cercano de Manresa, pensando quedarse unos días. Se quedó casi once meses. Y allí, entre una cueva junto al río Cardoner, el hospital de Santa Lucía y la oración de siete horas diarias, Dios mismo se encargó de la formación de su recluta. Ignacio lo dijo con una imagen inolvidable: en Manresa «Dios le trataba de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño, enseñándole».⁹
Pasó por todo: consolaciones altísimas, escrúpulos que lo llevaron al borde de la desesperación, penitencias extremas, tentaciones sutiles. Y en medio de todo, las gracias místicas: la visión de la humanidad de Cristo, «como un cuerpo blanco», que contempló muchas veces y que le confirmaba en la fe con tal fuerza que llegó a decir que, aunque no existiera la Escritura, él estaría dispuesto a morir por lo que había visto;¹⁰ la visión de la Santísima Trinidad «en figura de tres teclas», que lo hizo llorar de gozo hasta la hora de comer y de la que no podía dejar de hablar.¹¹

La cumbre fue la ilustración del Cardoner. Sentado un día junto al río, «se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas». Y añade el anciano Ignacio, midiendo sus palabras: si juntara todas las ayudas recibidas de Dios y todo lo aprendido en sesenta y dos años de vida, no le parece haber alcanzado tanto «como de aquella vez sola».¹² De aquel manantial de Manresa brotó el libro que cambiaría la historia espiritual de Occidente: los Ejercicios Espirituales, que Ignacio comenzó a anotar allí mismo, no como un tratado para leer, sino como un manual de combate para hacer: un mes de entrenamiento intensivo del alma.
Principio y Fundamento: la roca sobre la que se levanta todo
Los Ejercicios se abren con un texto de una sobriedad granítica, que San Ignacio llamó «Principio y Fundamento», y que es, quizás, el resumen más denso de la existencia cristiana jamás escrito fuera de la Escritura:
«El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima; y las otras cosas sobre la faz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas… solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados» (EE 23).¹³
Aquí está todo: el hombre no es un accidente, es una criatura con misión; las cosas no son fines, son medios; la libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en quedar libre de todo para elegir «lo que más» conduce a Dios. Ese magis —ese «más»— es la firma de Ignacio. No le basta lo bueno: busca lo mejor. No le basta la gloria de Dios: busca «la mayor gloria de Dios», Ad maiorem Dei gloriam, el lema que la Compañía grabaría en sus colegios, sus misiones y sus mártires. Es la lógica del atleta de San Pablo: «¿No sabéis que en el estadio todos corren, pero uno solo recibe el premio? Corred de tal modo que lo consigáis» (1 Cor 9, 24). Y es la lógica del soldado: la indiferencia ignaciana no es apatía estoica, sino disponibilidad militar; el soldado no elige el frente, está listo para cualquiera.
Las Dos Banderas: la meditación del combate
Si el Principio y Fundamento es la roca, la meditación de las Dos Banderas (EE 136-148) es el corazón guerrero de los Ejercicios, y una de las páginas más dramáticas de la literatura espiritual universal. En el cuarto día de la Segunda Semana, Ignacio hace contemplar al ejercitante dos campos, dos ejércitos, dos capitanes: «el uno de Cristo, sumo capitán y Señor nuestro; el otro de Lucifer, mortal enemigo de nuestra humana natura».¹⁴
El ejercitante debe ver con la imaginación «un gran campo de toda aquella región de Babilonia, donde el caudillo de los enemigos parece sentado en una grande cátedra de fuego y humo, en figura horrible y espantosa», arengando a sus demonios y enviándolos por el mundo entero a tender a los hombres su cadena de tres eslabones: riqueza, honor mundano, soberbia. Y frente a él, «un lugar humilde, hermoso y gracioso» cerca de Jerusalén, donde Cristo, «sumo capitán general de los buenos», envía a sus amigos por todo el mundo «queriendo el ayudar a todos», con la estrategia exactamente inversa: pobreza contra riqueza, oprobios contra honor mundano, humildad contra soberbia.¹⁵
Ignacio no inventa nada: traduce a lenguaje de campaña militar el Evangelio desnudo. «Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 24). «El que no está conmigo, está contra mí» (Lc 11, 23). «No he venido a traer paz, sino espada» (Mt 10, 34) —no la espada de la violencia, sino la decisión radical que el Evangelio provoca en todo corazón que lo escucha—. La vida cristiana no es un jardín neutral: es un campo de batalla donde, en lo espiritual, no existe una neutralidad definitiva; tarde o temprano toda alma decide qué lógica gobierna sus elecciones, y quien no elige conscientemente ya está siendo elegido por las corrientes del mundo. Y la meditación culmina en la petición más ignaciana de todas: pedir ser recibido bajo la bandera de Cristo, «en suma pobreza espiritual… y en pasar oprobios e injurias, por más en ellas le imitar». El caballero de Montserrat pide, para sí y para todos los que hagan los Ejercicios después de él, el honor supremo del soldado: ser puesto con el Capitán en la primera línea, que es la Cruz.
Esta meditación es hermana de otra igualmente gloriosa, la del Rey Eternal (EE 91-98), donde Cristo llama como un rey temporal llama a su cruzada: «Quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria». Es el eco exacto del Señor: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16, 24), y de San Pablo veterano: «He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he conservado la fe» (2 Tim 4, 7).
Regimini militantis Ecclesiae: nace la Compañía
Del peregrino solitario, Dios hizo un fundador. Ignacio comprendió que para «ayudar a las ánimas» necesitaba letras, y con humildad heroica —un hidalgo de más de treinta años— se sentó entre niños a aprender latín en Barcelona, y luego estudió en Alcalá, Salamanca y finalmente París, donde conquistó, uno a uno, con los Ejercicios, a sus primeros compañeros: el saboyano Pedro Fabro, el navarro Francisco Javier —brillante, atlético, ambicioso, al que Ignacio ganó repitiéndole la palabra del Señor: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» (Mc 8, 36)—, los españoles Diego Laínez, Alfonso Salmerón y Nicolás de Bobadilla, y el portugués Simão Rodrigues. El 15 de agosto de 1534, en la capilla de Montmartre, los siete hicieron voto de pobreza, castidad y de ir a Jerusalén o, si no fuera posible, de ponerse a disposición del Papa.
No fue posible Jerusalén; fue posible el mundo. El 27 de septiembre de 1540, el Papa Paulo III aprobó la nueva orden con la bula cuyo título es ya todo un programa: Regimini militantis Ecclesiae — «Para el gobierno de la Iglesia militante». Hasta el documento fundacional habla el idioma del combate. Y en la Fórmula del Instituto, redactada por Ignacio y aprobada por el Papa, se define al jesuita con palabras de alistamiento: «Cualquiera que quiera militar para Dios bajo la bandera de la cruz en nuestra Compañía, que deseamos se distinga con el nombre de Jesús, y servir solo al Señor y a la Iglesia su esposa, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra…».¹⁶ Militar bajo la bandera de la cruz: la meditación de las Dos Banderas hecha derecho canónico.

Poco antes, camino de Roma en 1537, en la capillita de La Storta, Ignacio había recibido la gracia que selló todo: vio al Padre que lo ponía con su Hijo cargado con la cruz, y oyó las palabras «Yo os seré propicio en Roma». Ignacio, que había pedido incesantemente a la Virgen «ser puesto con su Hijo», entendió que la Compañía no era suya: era de Jesús, y por eso jamás consintió que llevara otro nombre.¹⁷
Y conviene subrayar, para gloria de España y de la hispanidad, lo que el mismo Ignacio encarnaba: la nobleza hispánica puesta al servicio del Evangelio. Ignacio era hidalgo de una casa de armas; Francisco Javier, hijo del castillo de Javier en Navarra; y pocos años después entraría en la Compañía nada menos que San Francisco de Borja, duque de Gandía, grande de España, virrey de Cataluña y bisnieto de rey, que dejó títulos, palacios y virreinato para ser un jesuita más, y acabó siendo tercer General de la orden. La Europa asombrada acuñó la frase: el duque santo. La Compañía demostró que la sangre más alta de la cristiandad podía derramarse, no en duelos de honor, sino en la milicia de Cristo.
Los leones de la Iglesia: la epopeya misionera
Y entonces el mundo conoció lo que puede una compañía de hombres enamorados de Cristo y entrenados en los Ejercicios. Antes incluso de la aprobación oficial, Francisco Javier partía hacia las Indias (1540): Goa, la costa de la Pesquería, las Molucas, Japón —donde fundó la primera cristiandad japonesa—, y murió en 1552 en la isla de Sancián, a las puertas de China, consumido por el deseo de entrar en el imperio cerrado. Bautizó a decenas de miles; la Iglesia lo venera como patrono de las misiones junto a Santa Teresita. Su grito, escrito desde la India a los universitarios de Europa que desperdiciaban su talento, sigue resonando: ¡cuántas almas dejan de ir al cielo por falta de quien las socorra!¹⁸
Donde Javier se detuvo, otros continuaron. El Venerable Mateo Ricci —declarado Venerable por el Papa Francisco en 2022— logró lo imposible: entrar en China, llegar a Pekín, vestirse de letrado confuciano, asombrar a los mandarines con matemáticas, astronomía y mapas, y abrir al Evangelio la corte del Imperio del Centro. En América, San Pedro Claver se hizo en Cartagena de Indias «esclavo de los esclavos negros para siempre», bautizando y consolando —según los testimonios de su proceso, a cientos de miles— a los africanos arrancados de su tierra;¹⁹ los jesuitas levantaron en el Paraguay las Reducciones, aquella república cristiana guaraní que arrancó elogios hasta a los mismos ilustrados;²⁰ San José de Anchieta evangelizó y casi fundó el Brasil, escribiendo poemas a la Virgen en la arena de la playa; y en la Nueva España, adonde llegaron en 1572, sembraron colegios de México a las Californias, donde el P. Eusebio Kino cabalgó desiertos como explorador y apóstol. En el norte, los Mártires Canadienses —San Juan de Brébeuf, San Isaac Jogues y compañeros— regaron con sangre heroica las misiones entre los hurones, mientras en Inglaterra San Edmundo Campion subía al patíbulo de Tyburn por la fe. Y en las aulas de Europa, San Roberto Belarmino y San Pedro Canisio, doctores de la Iglesia, sostuvieron la verdad católica en plena tormenta protestante.
Fueron, en verdad, los leones de la Iglesia: se lanzaron a todos los mares, aprendieron todas las lenguas, vistieron todos los trajes, murieron todas las muertes. Cumplieron a la letra el mandato del Capitán: «Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15). Como el grano de trigo que cae en tierra y muere para dar mucho fruto (cf. Jn 12, 24), sembraron su vida en Asia, África y América, y la cosecha todavía dura.
Y todavía dura la Compañía. Casi cinco siglos después de la vela de armas de Montserrat —tras persecuciones, supresión (1773) y restauración (1814)—, la Compañía de Jesús continúa siendo una de las mayores órdenes religiosas masculinas de la Iglesia, con cerca de catorce mil jesuitas presentes en unos ciento diez países, sosteniendo una red mundial de universidades, colegios, obras sociales, el Servicio Jesuita a Refugiados y misiones en todas las fronteras.²¹ Los números fluctúan; el carisma, no.
Una espiritualidad para todas las fronteras
Aquí tocamos el secreto de la fecundidad ignaciana, y la lección para cada uno de nosotros. El jesuita —y todo el que vive la espiritualidad de San Ignacio— no tiene un solo campo de misión, porque su campo de misión es dondequiera que haya una frontera y una necesidad mayor. Ignacio no ató a sus hijos al coro, ni al hábito, ni al claustro: los quiso «contemplativos en la acción», según la fórmula inmortal del P. Jerónimo Nadal, hombres capaces de «encontrar a Dios en todas las cosas».²² Por eso el jesuita ha podido ser, sin dejar de ser el mismo, misionero en Japón y astrónomo en Pekín, teólogo en Trento y maestro de niños en un pueblo, capellán de galeotes y confesor de reyes, poeta y mártir. La indiferencia del Principio y Fundamento y la disponibilidad expresada de manera especial en el cuarto voto de obediencia al Papa —que emiten los jesuitas profesos— hacen del ignaciano un soldado de despliegue universal: donde el Rey Eternal señale, allí va.
Esta espiritualidad ha desbordado los muros de la Compañía y ha fecundado a toda la Iglesia. Los Ejercicios Espirituales han formado a santos de todas las familias: San Carlos Borromeo los hizo y los promovió; San Francisco de Sales bebió de ellos; San Alfonso María de Ligorio los recomendaba; Pío XI declaró a San Ignacio patrono de todos los ejercicios espirituales.²³ Y es hermoso recordar —para quienes amamos la caridad vicenciana— que el mismo San Vicente de Paúl, al iniciar la experiencia de la Congregación de la Misión, miró con admiración a los hijos de Ignacio: sus biógrafos recogen cómo consultó a los jesuitas y buscó su consejo en los comienzos de sus misiones populares, cómo estimó los ejercicios espirituales como instrumento de conversión y los incorporó a la vida de su congregación, y cómo contó entre los jesuitas con amigos y consejeros.²⁴ El gran capitán de la caridad aprendió táctica del gran capitán de las misiones: en la Iglesia, los carismas no compiten; se enriquecen mutuamente, porque «hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu» (1 Cor 12, 4).
Y para España y para toda la hispanidad, Ignacio y los suyos son un timbre de gloria imperecedera: en el mismo siglo en que las carabelas hispánicas abrían los mares, un vasco cojo abría los caminos del alma, y sus hijos llevaron —junto con Castilla y Portugal, y muchas veces más lejos que ellas— la fe, las letras y la dignidad cristiana a los cuatro puntos cardinales.
«En todo amar y servir»
Ignacio murió en Roma al amanecer del 31 de julio de 1556, sin ruido, sin escena, como un soldado que entrega la guardia. Dejaba unos mil jesuitas, un centenar de casas y colegios, unas Constituciones cinceladas palabra a palabra, y un libro pequeño de Ejercicios que seguiría convirtiendo corazones durante siglos. Fue canonizado por Gregorio XV el 12 de marzo de 1622, en aquella ceremonia irrepetible en que subieron juntos a los altares Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Teresa de Jesús, Felipe Neri e Isidro Labrador —y Roma bromeó que el Papa había canonizado «a cuatro españoles y un santo».
Los Ejercicios terminan con la Contemplación para alcanzar amor, donde el guerrero se revela finalmente como lo que siempre fue: un enamorado. «El amor se debe poner más en las obras que en las palabras» (EE 230). Y allí Ignacio entrega su oración suprema, la rendición total del caballero a su Rey:
«Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo distes, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta» (EE 234).
Esta es la herencia que celebramos cada 31 de julio. Que San Ignacio nos alcance su gracia de combate: la valentía de velar nuestras armas ante la Virgen y no retirarlas jamás; la lucidez de las Dos Banderas para no servir nunca, ni por descuido, al enemigo; la indiferencia del Principio y Fundamento para estar disponibles a cualquier frontera; y el fuego de Manresa para que toda nuestra acción brote de la contemplación. Porque la vida cristiana sigue siendo lo que él vio desde su lecho de herido: una milicia gloriosa bajo el estandarte de la Cruz — «y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe» (1 Jn 5, 4).
San Ignacio de Loyola, caballero de Cristo y capitán de almas, ¡ruega por nosotros!
Ad maiorem Dei gloriam.
Notas y referencias
- Para el conjunto biográfico: Ricardo García-Villoslada, S.J., San Ignacio de Loyola. Nueva biografía, Madrid, BAC, 1986; y Cándido de Dalmases, S.J., El Padre Maestro Ignacio. Breve biografía ignaciana, Madrid, BAC, 1979.
- San Ignacio de Loyola, Autobiografía (El relato del Peregrino, dictado al P. Luis Gonçalves da Câmara), n. 1, en Obras de San Ignacio de Loyola, ed. I. Iparraguirre – C. de Dalmases, Madrid, BAC (col. «Obras completas»).
- Autobiografía, n. 7.
- Autobiografía, n. 8: origen experiencial del discernimiento de espíritus.
- Autobiografía, n. 17.
- Alfonso X el Sabio, Las Siete Partidas, Partida II, Título XXI, ley 13, sobre la vela de armas del caballero novel.
- Autobiografía, n. 18; cf. Pedro de Leturia, S.J., El gentilhombre Íñigo López de Loyola en su patria y en su siglo, Barcelona, Labor, 1949, estudio clásico sobre el trasfondo caballeresco de Ignacio.
- Pedro de Ribadeneira, S.J., Vida del P. Ignacio de Loyola (1583), libro I, caps. 3-4 — primera gran biografía, escrita por testigo directo.
- Autobiografía, n. 27.
- Autobiografía, n. 29.
- Autobiografía, n. 28.
- Autobiografía, n. 30: la ilustración del Cardoner.
- San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 23 (Principio y Fundamento).
- Ejercicios Espirituales, n. 136-137.
- Ejercicios Espirituales, n. 138-147; cf. Hugo Rahner, S.J., Ignacio de Loyola y su histórica formación espiritual, Santander, Sal Terrae, 1955.
- Paulo III, bula Regimini militantis Ecclesiae (27 de septiembre de 1540), que recoge la Fórmula del Instituto de la Compañía de Jesús.
- Autobiografía, n. 96 (la visión de La Storta); cf. Cándido de Dalmases, o.c.
- San Francisco Javier, carta a Ignacio de Loyola y a los compañeros de Roma, Cochín, 15 de enero de 1544, en Cartas y escritos de San Francisco Javier, ed. Félix Zubillaga, S.J., Madrid, BAC, 1996: allí expresa su deseo de recorrer las universidades de Europa «gritando como hombre que tiene perdido el juicio» por las almas que se pierden por falta de operarios.
- Fórmula del cuarto voto de Claver conservada en su proceso de canonización; para su vida y el alcance de su apostolado: Ángel Valtierra, S.J., Pedro Claver, el santo que libertó una raza, Bogotá, 1954.
- Cf. Voltaire, Essai sur les mœurs et l’esprit des nations (1756), cap. CLIV, donde el patriarca de la Ilustración reconoce las misiones del Paraguay como «un triunfo de la humanidad»; también Ludovico Antonio Muratori, Il cristianesimo felice nelle missioni de’ padri della Compagnia di Gesù nel Paraguai (1743).
- Datos de la Curia General de la Compañía de Jesús (jesuits.global) y del Anuario Pontificio, que a mediados de la década de 2020 sitúan a la Compañía en torno a los catorce mil miembros en unos ciento diez países; cf. John W. O’Malley, S.J., Los primeros jesuitas, Bilbao-Santander, Mensajero–Sal Terrae, 1995, para la historia fundacional. Sobre el Venerable Mateo Ricci: decreto de virtudes heroicas aprobado por el Papa Francisco, 17 de diciembre de 2022.
- Jerónimo Nadal, S.J., en Monumenta Historica Societatis Iesu (Epistolae P. Hieronymi Nadal), sobre el ideal del contemplativus in actione y el «encontrar a Dios en todas las cosas».
- Pío XI, constitución apostólica Summorum Pontificum (25 de julio de 1922), por la que declara a San Ignacio celestial patrono de todos los ejercicios espirituales; cf. también su encíclica Mens Nostra (20 de diciembre de 1929) sobre la promoción de los ejercicios.
- Cf. Louis Abelly, La vie du vénérable serviteur de Dieu Vincent de Paul (París, 1664), primera biografía del santo, y José María Román, C.M., San Vicente de Paúl. I: Biografía, Madrid, 1981, sobre las consultas de Vicente a religiosos de la Compañía en los orígenes de la Congregación de la Misión y la estima vicenciana por los ejercicios espirituales como instrumento misionero.
Otras fuentes bíblicas citadas: 1 Tim 1, 18-19; Ef 6, 10-17; Mt 6, 24; Mt 10, 34; Mt 16, 24; Mc 8, 36; Mc 16, 15; Lc 11, 23; Jn 12, 24; 1 Cor 9, 24; 1 Cor 12, 4; 2 Tim 4, 7; 1 Jn 5, 4.
