Homilía — XV Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Lecturas: Isaías 55, 10–11 · Salmo 64 (65) · Romanos 8, 18–23 · Mateo 13, 1–23


La Palabra que nunca vuelve vacía

Queridos hermanos y hermanas:

Hay un escándalo silencioso en el corazón del Evangelio de hoy, y Jesús no lo esconde. Lo dice con toda claridad: la misma semilla, sembrada por la misma mano, con la misma generosidad, produce resultados radicalmente distintos. Una parte no produce absolutamente nada. Otra produce el ciento por uno. Y la diferencia nunca está en la semilla.

Si nos detenemos un momento en esto, debería inquietarnos — porque significa que la pregunta que este domingo pone delante de nosotros no es «¿qué está haciendo Dios?», sino «¿qué está pasando en mí?».

I. La extravagancia del Sembrador

Fíjense, en primer lugar, en cómo siembra este agricultor. Ningún campesino de Galilea — ningún campesino de ninguna parte — desperdiciaría una semilla tan valiosa en un sendero, en lajas de piedra apenas cubiertas de tierra, en un terreno ya infestado de espinos. La semilla costaba cara. Un sembrador prudente apuntaría solamente a la tierra buena.

Pero este Sembrador no es prudente. Es pródigo. Lanza la semilla por todas partes, sobre toda clase de terreno, como si no pudiera contenerse, como si su propia naturaleza fuera dar sin calcular el rendimiento. Los Padres de la Iglesia vieron en este detalle el carácter mismo de Dios: San Juan Crisóstomo se maravilla de que el Sembrador no hace distinción de terrenos, sino que esparce su semilla sencillamente y sin discriminar. Es el mismo Dios que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos (Mt 5, 45). La gracia no se raciona. Se derrama.

Y es aquí donde la primera lectura ilumina el Evangelio desde dentro. Isaías, hablando a un pueblo quebrado por el exilio — un pueblo tentado a creer que las promesas de Dios habían fracasado — pronuncia uno de los oráculos más consoladores de toda la Escritura: «Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra… así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is 55, 10–11).

La Palabra de Dios lleva dentro de sí una eficacia divina. No es información: es poder. No es una sugerencia: es un acontecimiento. En la mentalidad hebrea, dabar — palabra — no es simplemente algo que se dice, sino algo que sucede. Cuando Dios habla, la realidad cambia: «Hágase la luz», y la luz se hizo. La Iglesia ha confesado siempre que esta Palabra alcanzó su plenitud cuando no solo descendió como la lluvia, sino que se hizo carne y habitó entre nosotros. Jesucristo es, Él mismo, la Palabra que no vuelve vacía; regresó al Padre habiendo cumplido todo — «Todo está consumado» (Jn 19, 30) — y no regresó con las manos vacías, sino llevando consigo a la humanidad redimida.

II. El misterio de la libertad

Pero aquí vuelve el escándalo. Si la Palabra tiene tanto poder, si la semilla siempre es buena, ¿por qué tantos corazones permanecen sin cambiar? ¿Por qué dos personas se arrodillan en la misma Misa, escuchan el mismo Evangelio, reciben al mismo Señor — y una va siendo lentamente transfigurada mientras la otra sale igual que entró?

Jesús responde con los cuatro terrenos, y su respuesta preserva algo que Dios se niega a violar: nuestra libertad. La Palabra todopoderosa se vuelve, en cierto sentido, vulnerable en el umbral del corazón humano. San Agustín lo expresó de manera inolvidable: «El Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti». La omnipotencia se detiene, con reverencia, ante la puerta del consentimiento humano — porque el amor forzado no es amor. Dios propone; nunca impone. Por eso Jesús enseña en parábolas: una parábola no fuerza la mente como lo hace un silogismo. Invita. Deja espacio. Uno puede alejarse de ella. «El que tenga oídos, que oiga»: la parábola respeta la libertad del oyente incluso mientras lo busca.

Por eso los cuatro terrenos no son cuatro categorías de personas, como si algunos estuvieran destinados a ser senderos y otros destinados a ser tierra fértil. Son cuatro condiciones de todo corazón humano — muchas veces las cuatro en una misma semana, a veces en un mismo día.

El camino es el corazón endurecido por el tráfico: el corazón tan pisoteado por el ruido, las opiniones, las pantallas y la prisa, que la Palabra ni siquiera logra penetrar la superficie antes de que el maligno la arrebate. Crisóstomo observa que los pájaros no son el verdadero problema; el verdadero problema es la dureza que dejó la semilla expuesta.

El terreno pedregoso es el corazón del entusiasmo sin profundidad: la fe de las consolaciones, viva mientras Dios se siente cerca y la oración sabe dulce, pero que se derrumba ante la primera prueba «porque no tenía raíz». Cuánta fe contemporánea es exactamente esto: emocionalmente intensa, teológicamente superficial, desaparecida ante el primer sufrimiento serio.

Los espinos son quizás el terreno más peligroso, porque aquí la semilla sí crece — y es estrangulada lentamente. Jesús nombra los espinos con precisión clínica: «las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas». No son pecados escandalosos. Son preocupaciones ordinarias. La hipoteca, la agenda, la necesidad de controlar los resultados, el culto silencioso a la seguridad. Los espinos no atacan la fe; simplemente la van desplazando, hasta que Cristo sigue presente en el corazón pero ya no tiene espacio para dar fruto.

Y luego está la tierra buena. Fíjense que Jesús no la describe como tierra perfecta. La tierra buena es sencillamente tierra que ha sido abierta: arada, humillada, hecha receptiva. En la vida espiritual, el arado suele ser el sufrimiento, el arrepentimiento, el conocimiento honesto de uno mismo. El griego del pasaje paralelo de Lucas dice que este corazón guarda la palabra «con perseverancia» (Lc 8, 15). La tierra buena no es el corazón sin pecado; es el corazón humilde que sigue recibiendo, sigue perseverando, sigue levantándose después de cada caída.

III. La creación de puntillas

¿Y qué sucede cuando la Palabra encuentra por fin un corazón así? San Pablo levanta nuestra mirada hacia un horizonte tan vasto que corta la respiración: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios… con la esperanza de que la creación misma se vea liberada de la esclavitud de la corrupción» (Rom 8, 19–21).

La palabra griega que usa Pablo — apokaradokia — pinta la imagen de alguien que estira el cuello, que se pone de puntillas, esforzándose por ver lo que viene. Pablo se atreve a decir que el cosmos entero está haciendo eso: toda la creación, gimiendo como con dolores de parto, está esperando — esperándonos a nosotros. Esperando hombres y mujeres en quienes la semilla de la Palabra haya dado fruto de verdad. La redención del mundo, en la visión de Pablo, pasa por la transformación de los corazones humanos. Cuando la gracia conquista una sola alma, algo empieza a sanar en el tejido mismo del universo.

Esto significa que tu vida interior no es un asunto privado. La tierra de tu corazón tiene consecuencias cósmicas. Cada santo es un pedazo de la creación liberada. Y al revés: cada corazón que sigue siendo un sendero es un campo que el mundo todavía está esperando.

IV. El ciento por uno

Permítanme terminar donde termina Jesús: con la cosecha. «El ciento, el sesenta, el treinta por uno». Un campesino galileo celebraba una cosecha del siete o del diez por uno. El ciento por uno no era una buena cosecha; era un milagro — la abundancia de la era mesiánica irrumpiendo en la tierra ordinaria. Jesús nos está diciendo que cuando la Palabra echa raíces por fin en un corazón libre y humilde, el resultado no es una mejoría modesta. Es una fecundidad desproporcionada, irrazonable. Doce pescadores. Una Palabra. Y aquí estamos, veinte siglos después, en otro continente, en otra lengua, todavía cosechando.

Dentro de unos momentos, el Sembrador saldrá a sembrar de nuevo — no desde una barca junto al mar de Galilea, sino desde este altar. La misma Palabra será proclamada; el mismo Cristo, el grano de trigo que cayó en tierra y murió, será puesto en sus manos. La semilla, como siempre, será buena. La semilla será perfecta.

La única pregunta que este domingo nos hace — la única que nos ha hecho siempre — es la que cada uno debe responder en el silencio de su propia alma:

¿Qué clase de tierra encontrará hoy en mí?

Amén.

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